domingo, 6 de marzo de 2016

LAS 7 PALABRAS DE JESÚS EN LA CRUZ (II)



«En verdad te digo: hoy mismo estarás conmigo en el Paraíso»

Tu corazón sin puertas, siempre abierto,
¡qué fácil es robarte el Paraíso!
Bandidos todos nosotros,
depredadores
del Cosmos y de la Vida,
sólo podemos salvarnos
asaltándote, Cristo,
en nuestro «hoy» diario-
esa Misericordia que chorrea en tu sangre...

Tu blando silbo de Buen Pastor nos llama.
Tu corazón reclama, impaciente, a todos los marginados,
a todos los prohibidos.
Tú nos conoces bien, y nos consientes,
hermano de cruz y cómplice de sueños,
compañero de todos los caminos,
¡Tú eres el Camino y la Llegada!

Crucificado del Seminario Mayor de Granada. Pablo de Rojas


viernes, 4 de marzo de 2016

SANTO VIA CRUCIS

Origen y excelencia de esta devoción

Apenas se hallará práctica más agradable a Dios, más útil y meritoria que la del Via Crucis.
Esta, dice el Papa Benedicto XIV, es una de las principales devociones del cristiano, y medio eficacísimo, no sólo de honrar la pasión y muerte del Hijo de Dios, sino también de convertir a los pecadores, enfervorizar a los tibios y adelantar a los justos en la virtud.
En ella meditamos el doloroso camino que anduvo Jesús desde el pretorio de Pilatos hasta el monte Calvario, donde murió por nuestra Redención.
Dio principio a esta devoción la Virgen Santísima; pues, según fue revelado a Santa Brígida, no tenía mayor consuelo que el recorrer los pasos de aquel sagrado camino regado con la sangre de su preciosísimo Hijo.
Pronto innumerables cristianos siguieron su ejemplo, según atestigua San Jerónimo: y así ¡cuántos peregrinos surcaban mares y exponían la vida para ganar las muchas indulgencias con que la Iglesia había enriquecido los santos lugares de Jerusalén!
Mas viendo esta solícita Madre, por una parte el copioso fruto que de tan pía devoción sacaban los fieles, y por otra la imposibilidad en que muchos se hallaban de emprender viaje tan largo y peligroso, varios Sumos Pontífices, en particular Clemente XII, Benedicto XIII y XIV, y León XII, franqueando largamente los tesoros de la Iglesia, concedieron que, visitando las Cruces bendecidas con especial facultad del Sumo Pontífice y autorización del Prelado diocesano, ganasen los fieles las mismas indulgencias que habían concedido a los lugares santos de Jerusalén.

jueves, 3 de marzo de 2016

EN DEFENSA DE LA FE: Mons. Daniel Jenky,

Este obispo defiende unas ideas que podemos aplicar a la mayor parte de sociedades, sin importan su situación geográfica, pues cosas similares se dan lugar al mismo tiempo. Defendamos la Fe.

Q

miércoles, 2 de marzo de 2016

COMENTARIO AL SALMO 1- SAN AGUSTÍN

SALMO 1

1. [v. 1] Dichoso el hombre que no siguió el consejo de los impíos. Este pasaje se debe aplicar a nuestro Señor Jesucristo, al Señor en cuanto hombre. Dichoso el hombre que no siguió el consejo de los impíos. Justo lo contrario de lo que hizo el hombre terrenal: al contemporizar con su esposa, engañada por la serpiente, pasó por alto las ordenanzas del Señor. Ni se detuvo en la senda de los pecadores. Es una realidad que Cristo vino por la senda de los pecadores, al nacer igual que los pecadores. Pero no se detuvo en ella porque no le ataban los halagos del mundo. Ni tomó asiento en el trono de la peste. No quiso el reino temporal, inseparable del orgullo. Resulta muy apropiada la expresión trono de la peste, ya que casi nadie está exento de la ambición de mando, ni de las apetencias de gloria humana. En efecto, la peste es una epidemia que se propaga a lo largo y a lo ancho y que acaba por invadirlo todo o casi todo. Recurriendo a una aplicación más acomodaticia, el trono de la peste es equiparable a las enseñanzas y doctrinas perniciosas, cuyo lenguaje se extiende como el cáncer. Por último, vamos a prestar atención a la serie verbal siguió, se detuvo, se sentó. Aquel hombre terrenal siguió al apartarse de Dios; se detuvo, al hallar complacencia en el pecado; tomó asiento cuando, tras reafirmarse en su orgullo, se vio incapacitado para dar marcha atrás, de no haberle liberado Aquel que ni siguió en el consejo de los impíos, ni se detuvo en la senda de los pecadores, ni se sentó en el trono de la peste.

2. [v. 2] Sino que su gozo estuvo en la ley del Señor, y en su ley recapacitará día y noche. En expresión del Apóstol, la ley no ha sido instituida para el justo2. Pero una cosa es cierta: no es lo mismo estar en la ley que estar bajo la ley. Quien está en la ley actúa de acuerdo con la ley, pero el que está bajo la ley va a remolque de la ley. El primero es un hombre libre, el segundo, un esclavo. Por otra parte, una cosa es la ley escrita, que resulta ser una imposición para el súbdito, y otra cosa la ley que contempla con su alma quien no precisa la escrita. Recapacita día y noche: este día y esta noche pueden significar algo ininterrumpido: de día, con gozo; de noche, en medio de pesares. Por un lado lo prueban estas palabras: Abrahán se regocijó contemplando mi día, mientras que, por otro, al hablar de los sinsabores, alega: Hasta de noche me han recriminado mis riñones.

3. [v. 3] Y será como un árbol plantado al borde de la corriente. Es decir, en primer lugar, al borde de la corriente de la Sabiduría misma que se dignó acoger al hombre en vistas a nuestra salvación, para que este hombre sea un árbol plantado junto a corrientes de agua. Esto puede englobarse en el sentido expresado en otro salmo: El río de Dios rebosa de agua. En segundo término, al borde de la corriente del Espíritu Santo, en atención al cual se dice: Él mismo os bautizará en el Espíritu santo y también: Si alguno tiene sed, venga a mí y beba, y el otro texto: Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide agua, tú se la habrías pedido a él, y él te daría agua viva, agua que si alguien llega a beber, nunca volverá a tener sed, sino que se convertirá en él en surtidor de agua que brota hasta la vida eterna. Por último, junto a las corrientes de agua puede interpretarse al borde de los pecados de los pueblos, puesto que el Apocalipsis equipara a los pueblos con las aguas. Y sin recurrir al absurdo, corriente o curso es un deslizarse, algo propio del delito. Consiguientemente, aquel árbol, es decir, nuestro Señor, procedente de la corriente de las aguas, o sea, de los pueblos pecadores, por el hecho de atraerlos al camino, a las raíces de su disciplina, dará fruto, es decir, constituirá iglesias; a su tiempo, es a saber, una vez glorificado mediante su resurrección y ascensión al cielo. Porque fue entonces, tras el envío del Espíritu Santo a los apóstoles, una vez que los reafirmó en su confianza en él y los envió a los pueblos, cuando produjo el fruto que son las iglesias. Y jamás se amustiará su follaje. Quiere decir que su palabra no será nunca desvirtuada. En efecto, toda carne es hierba, y toda gloria humana es como flor del heno. Se secó el heno y cayó la flor, mas la palabra del Señor permanece por siempre. Y todo lo que hace le sale bien: todo lo que produce aquel árbol. Este todo hay que interpretarlo de manera global: frutos y hojas, es decir, hechos y dichos.

4. [v. 4] No así los impíos, no así. Ellos son como el polvo que el viento arrebata de la superficie de la tierra. La acepción que aquí se da a la palabra tierra equivale a la estabilidad personal en Dios, según la cual se dice: El Señor es el lote de mi herencia, y mi heredad es magnífica para mí. Y también: Espera en el Señor y guarda su camino, y te exaltará de modo que poseas la tierra. E igualmente: Dichosos los mansos, porque ellos poseerán la tierra en herencia. El origen del símil estriba en este hecho: al igual que esta tierra visible nutre y conserva al hombre exterior, así también aquella tierra invisible al hombre interior. De la faz de esta tierra ?invisible? se lleva el viento al impío. El viento equivale a la soberbia porque hincha. En evitación de ésta, el quese embriagaba de la abundancia de la casa de Dios y bebía del torrente de sus delicias, se expresa así: Que el pie del orgullo no me alcance. El orgullo precisamente eliminó de esta tierra a aquel que dijo: Por encima del aquilón pondré mi sede y me asemejaré al Altísimo. De la faz de esta tierra se llevó también a aquel que, tras haber consentido y gustado del árbol prohibido para ser como Dios, se ocultó del rostro de Dios. La pertenencia de esta tierra al hombre interior, por un lado, y, por otro, la expulsión de ella de este hombre interior por culpa del orgullo, hallan su máxima expresión en el pasaje: ¿Por qué se enorgullece el que es tierra y ceniza, si ya en su vida ha arrojado sus intimidades?17 Por consiguiente, no es absurdo decir que él se arrojó a sí mismo de allí de donde fue arrojado.

5. [v. 5] Por eso, en el juicio los impíos no se levantarán. Es evidente que no lo harán, porque son como polvo que arrebata el viento de la faz de la tierra. Y se ha expresado correctamente al decir que se les expropia de aquello que los orgullosos más ambicionan: la facultad de juzgar. Este mismo pensamiento se expresa con mayor claridad en el pasaje siguiente: Ni los pecadores en la asamblea de los justos. Siguiendo este sistema, suele repetirse en plan complementario lo que ya se ha dicho con anterioridad. Según eso, hay una equivalencia entre pecadores e impíos y la expresión en la asamblea de los justos mencionada aquí equivale a la expresión en el juicio, formulada antes. Y en el supuesto de que una cosa sean los impíos y otra los pecadores, de modo que, aunque todo impío sea pecador, no todo pecador es impío, en el juicio los impíos no se levantarán, es decir, se levantarán ciertamente, pero no para ser juzgados, dado que ya han recibido su destino: un castigo categórico e incuestionable; en cambio, los pecadores no se levantarán en la asamblea de los justos, es decir, para juzgar, sino a lo sumo para ser juzgados. Y esto hasta el punto de aplicarles el texto siguiente: La calidad de la obra de cada cual la probará el fuego. Si la obra de uno, se mantiene en pie, percibirá la recompensa. Mas aquel cuya obra quede abrasada, sufrirá el daño. Él, no obstante, quedará a salvo, pero como quien pasa a través del fuego.

6. [v. 6] Porque el Señor conoce el camino de los justos. Analógicamente a como se dice que la medicina conoce la salud, pero no conoce las enfermedades, y sin embargo las enfermedades se diagnostican mediante las técnicas de la medicina, puede decirse asimismo que el Señor conoce el camino de los justos, mientras que no conoce el camino de los impíos. Por supuesto que Dios no desconoce nada. Sin embargo, a los pecadores les dice: No os conozco. Pero el camino de los impíos acabará mal. Este pasaje equivale a la expresión: El Señor no conoce el camino de los impíos. Pero ha hecho mayor hincapié en que ser desconocido de Dios equivale a acabar mal, y ser conocido del Señor equivale a subsistir. De este modo, el ser es algo vinculado al conocimiento de Dios, mientras que el no ser está vinculado a su desconocimiento. En efecto, es el Señor mismo quien dice: Yo soy el que soy, así como: El que es me ha enviado.

Traducción: José Cosgaya García, OSA

domingo, 28 de febrero de 2016

BENEDICTO XVI: "EL HOMBRE QUE ESTORBABA"

LAS 7 PALABRAS DE JESÚS EN LA CRUZ (I)

 «Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen»

Sabiendo o no sabiendo lo que hacemos,
sabemos que nos amas,
porque ya hemos visto tus maneras
en los ojos y en la boca de tu Hijo Jesús.
Ya no eres más para nosotros el Dios terrible.
¡Sabemos que eres Amor!
Sabemos que no sabes castigar...
Tú eres un Dios vencido en la ternura.
Tú esperas siempre, Padre, y acoges y restauras la vida
hasta de los asesinos de tu Hijo
(que somos todos nosotros).

¡Perdónalos! ¡Perdónanos!
Atiende este pedido de tu Hijo en la cruz,
prueba mayor de tu amor de Padre.

¡Y acógenos, oh Padre, oh Madre, oh cuna, oh casa
de cuantos retornamos buscando tu abrazo!

 
Cristo del zapato del Convento de San Antón de Granada. Anónimo

jueves, 24 de septiembre de 2015

JESÚS DE NAZARET (XIV): PENTECOSTÉS






Valor soteriológico de Pentecostés como consumación de la Nueva Alianza.

En la época inmediatamente anterior a Cristo, la fiesta de las Semanas o Pentecostés, no estaba sino relación con la alianza del Sinaí. En efecto, el libro de Jubileos considera esa fiesta como destinada a celebrar cada año la renovación de la alianza. Según los Jubileos, Dios había pedido a Moisés esa renovación, mediante la aspersión de sangre que se hacía sobre el pueblo; era una renovación, porque la Alianza del Sinaí perpetuaba las alianzas anteriores estipuladas con Noé y con los patriarcas. Sin embargo, el nexo entre Pentecostés y la Alianza, es todavía mas profundo. En el A T  la alianza definitiva había sido anunciada como presencia del Espíritu de Dios en el pueblo.

Si el libro de Isaías profetiza que el espíritu de Yahvé reposará sobre el Mesías, Is 11, 1; 61, 1, contiene igualmente un oráculo que extiende a Israel esa presencia del espíritu de Yahvé: "en cuanto a mí, esta es la alianza con ellos, dice Yahvé. Mi espíritu que ha venido sobre ti y mis palabras que he puesto en tus labios no caerán de tu boca ni de la boca de tu descendencia, dice Yahvé, desde ahora y para siempre", Is 59, 21.

El oráculo de Ezequiel es todavía mas preciso, pues indica aun más en que sentido la nueva alianza comportará la presencia del Espíritu. En efecto, el gran problema planteado por la alianza es el de la fidelidad del pueblo; en la nueva alianza, la fidelidad en cumplir todas las obligaciones de la alianza y la auténtica pertenencia del pueblo a Dios tendrán su garantía en el don definitivo del Espíritu de Dios: "Os daré un corazón nuevo, infundiré en vosotros un espíritu nuevo, quitaré de vuestra carne el corazón de piedra y os daré un corazón de carne. Infundiré mi espíritu en vosotros haré que os conduzcáis según mis preceptos y observéis y practiquéis mis normas. Vosotros seréis mi pueblo y yo seré vuestro Dios",Ez 36, 26-29.

Así, pues, la liberación del pecado, la purificación son el resultado de esa infusión de un "espíritu nuevo", espíritu de Dios comunicado a los hombres. Ese espíritu infundido en los corazones será el principio de la rectitud moral, y actuará de tal modo que el pueblo sea el pueblo de Dios. De esta manera se consuma "la nueva alianza" en la que según Jeremías, la ley divina queda ya inscrita en el fondo de los corazo­nes. Jer 31, 31-33.

También S. Pablo caracteriza a la nueva alianza en base al Espíritu cuando habla de los apóstoles: "ministros de la nueva alianza, no la de la letra, sino del Espíritu", 2 Cor 3, 6. El apostolado es el "ministerio del Espíritu", 2 Cor 3, 8. El Espíritu es el que confiere a la nueva alianza su superioridad; la ausencia del Espíritu ha condenado a muerte a la antigua alianza (la del Sinaí), por eso "la letra mata, el Espíritu vivifica".

Es por consiguiente, en Pentecostés cuando se estrecha la verdadera y definitiva alianza, en ese momento Cristo glorioso reúne definitivamente a la humanidad con Dios infundiendo en el corazón de esa humanidad su Espíritu, el Espíritu Santo; este Espíritu asegura la sinceridad de la nueva Alianza, la íntima realidad de la pertenencia a Dios; asegura igualmente la fidelidad la inconmovible permanencia; pues la alianza esta destinada a desplegarse en una unión cada vez más honda de los hombres con Dios.

Pentecostés representa el don supremo del amor divino, ya que por medio del Espíritu Santo, Dios se entrega a lo más íntimo del ser del hombre y viene a morar, no ya simplemente entre los hombres, como sucedió con la Encarnación, sino en el corazón de los hombres. Pentecostés consuma la Encarnación hasta en su aspiración suprema, su extensión a toda la humanidad. Por otra parte, Pentecostés suscita la entrega más sublime de los hombres a Dios, entrega sostenida y animada por el Espíritu Santo. El encuentro de estas dos donaciones, en su estadio más completo, constituye la Alianza perfecta, que era el objetivo de toda la obra redentora.


16. Pentecostés acontecimiento de misión

Ya Cristo resucitado, en las apariciones y con ocasión de la Ascensión, había asignado a las mujeres y a los discípulos una misión: su glorifica­ción no podía significar un repliegue sobre el triunfo obtenido; de­bía ser el principio de una nueva acción en el mundo. El acontecimiento de Pentecostés demuestra que el Reino establecido por Cristo es un Reino esencialmente abierto y que, al igual que su fundador, la Iglesia no puede encerrarse en sí misma en el disfrute de la vida divina y de los dones divinos.

La comunidad queda formada espiritualmente en virtud de la venida del Espíritu Santo; ahora bien, es constituida por El en estado de misión, sin que se puedan distinguir dos momentos diferentes para la constitución y para la misión. La Iglesia nace con un dinamismo de expansión que le es esencial.        

El contraste entre la comunidad agrupada toda ella en un solo lugar y la afluencia de gentes de todas las naciones, a las que se les debe dirigir el testimonio inmediatamente, subraya el impulso del Espíritu Santo hacia una misión universal. La primera profesión de fe de Pedro en Pentecostés, lejos de estar reservada a un reducido núcleo de creyentes, adopta la forma de una proclama a la muchedumbre y de una llamada general a la conversión.

Esta misión había sido anunciada por Jesús, que personalmente había insistido en su carácter universal, ya que a los discípulos que le hablaban en provecho de Israel, les dio como campo de operaciones la tierra entera hasta sus últimos confines, Hech 1, 6­8. Lo que es propio del  Espíritu Santo es poner en obra esa misión, darle un primer cumplimiento desde el mismo día de Pentecos­tés. El Espíritu Santo impulsa a los discípulos a dar testimonio y atrae hacia ellos a oyentes llegados de todas partes.

El símbolo de las "lenguas de fuego", Hech 2, 3, es característico: los que se han reunido para recibir el Espíritu Santo se hacen aptos para propagar el mensaje: se encuentran en circunstancias en las que deben dar testimonio, y para ello tienen capacidad, superior a toda aptitud humana. Además el Espíritu Santo hace comprender a cada oyente, en su propia lengua, el mensaje proclamado Hech 2, 8-11, de modo que el mismo asegura en cada uno de ellos la comprensión del mensaje. Aparece así con más claridad la naturaleza de la salvación que Jesús transmite por medio del Espíritu Santo. Se trata de una salvación comunitaria, ya que el don del Espíritu se confiere a la comunidad reunida, y de una salvación destinada a comunicarse al mundo a través de un testimonio cuya eficacia está asegurada.

P. Ignacio Garro, S.J.