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viernes, 11 de septiembre de 2015

SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS (XII): NOVENA

Sagrado Corazón De JesúsDía 1: DIVINO CORAZÓN DE JESÚS.
"He aquí el Corazón que tanto ha amado a los hombres". Jesús mismo nos da su Corazón. Nos lo ha dado todo. Pero permanezco insensible a sus dones. Me olvido de su amor y busco lo que en el fondo no me llena.
Día 2: DIOS ME AMA.
Jesucristo nos muestra al Padre para que le conozcamos y sepamos que es todo amor. Nuestro Dios es Misericordioso. ¿Cómo correspondo a tanto amor? ¿Amo a Dios con todo el corazón, con todo el ser y entendimiento?
Aunque me olvide de Dios, Él no se olvidará nunca de mi.
Día 3: CONFIANZA EN EL CORAZÓN DE CRISTO.
La fe es la ayuda de nuestra vida. Tan necesaria como el aire y la comida. A veces no la expresamos, nos avergonzamos de ser creyentes, la separamos de nuestra vida y se debilita. Cristo lo arriesgó todo por nosotros ¿Y yo qué estoy dispuesto a ofrecer? Jesús pide tu fe para obrar en ti.
Día 4: LA ORACIÓN.
Los apóstoles pidieron al Señor que les enseñara a rezar. Rezar es mantener fresca la relación con Dios. ¿Cuándo rezo? ¿Cómo es mi comunicación con Él? Apartarse de la oración es apartarse de Dios y escuchar otras voces. Sólo Dios habla desde el corazón al corazón, ahí es donde se hace entender y nos impulsa a actuar desde él.
Día 5: LA VIDA, UN REGALO PARA AMAR.
El Corazón de Jesús nos habla del amor a Dios y a los hermanos. No basta con no odiar, no hacer el mal, no ser egoísta. Cristo nos pide hacer el bien, servir, amar, construir. Mi vida ¿se contenta con no hacer el mal o busca hacer el bien?
El Corazón de Jesús anima, consuela, da esperanza, fortalece, perdona, ofrece,...
Día 6: HUMILDES Y SENCILLOS DE CORAZÓN.
Jesús valoró la humildad y sencillez. Ser y vivir desde la humildad es el fundamento de todas las virtudes. El ejemplo lo tenemos en la Virgen María, Dios se fijó en la humildad de su sierva y ella le dejó actuar. Es entonces cuando Dios hace obras grandes a través nuestro.
Día 7: EL CORAZÓN DE JESÚS EN TU CORAZÓN.
Dios penetra lo más profundo de nuestro ser y nos conoce mejor que nosotros mismos. Ante Él no cabe la mentira o el engaño. Vivir desde la verdad contagia y crea amistad, confianza, seguridad. Vivir la vida con autenticidad construye el Reino del Corazón de Cristo y nos hace portadores de su luz y verdad.
Día 8: POR MARÍA AL CORAZÓN DE JESÚS.
Jesús nos da a su Madre. Por voluntad suya, María se convierte en madre de todos. Sus Gracias nos vienen a través de ella. ¿Cómo amo a la Madre de Jesús? ¿Recurro a ella y le rezo?
Ella es ejemplo de seguimiento al Corazón de Jesús, ejemplo de discípula fiel hasta el final. La llena de Gracia para inundamos de las Gracias de su Hijo.
Día 9: EL SANTÍSIMO SACRAMENTO.
Una dulce palabra sale del sagrario: "Venid a mi todos los que estáis cansados y agobiados, que yo os aliviaré". Así habla el Corazón de Dios. Él quiere ser tu fuerza, tu consuelo, tu sentido. Necesitamos alimentamos de Él y beber de la fuente que mana de su Corazón. Desea que vivamos cada día en el Corazón de Jesús. Espera tu respuesta.
ORACIÓN
Corazón de Jesús, llena nuestro mundo de tu amor Tú que, a pesar de las debilidades y egoísmos de los hombres, haces comprender que se ensancha tu Corazón, cuando ves crecer la Civilización del Amor. Haz de nosotros almas generosas que se entreguen por entero a tu proyecto de salvación sobre la humanidad. Sagrado Corazón de Jesús en ti confío. Amén.
PETICIÓN
Sagrado Corazón de Jesús, tú conoces nuestras necesidades e intenciones. Nos has dicho: "pedid y se os dará", lo hago con fe sincera y te confio esta petición... Todo lo espero de tu infinita bondad si es para tu gloría y para nuestro bien. Amén
LETANÍAS
Corazón de Jesús, bondad y amor infinitos. Ruega por nosotros.
Corazón de Jesús, fortaleza de los que sufren. Corazón de Jesús, consuelo de los afligidos.
Corazón de Jesús, digno de toda alabanza.
Corazón de Jesús, salvación de los que en tí esperan. Corazón de Jesús, paciente y lleno de misericordia.
Corazón de Jesús, fuente de vida.

OFRECIMIENTO AL SAGRADO CORAZÓN DE JESUS
¡Divino Corazón de Jesús! Por medio del Corazón Inmaculado de María, te ofrezco las oraciones, obras y trabajos de este día, para corresponder a tu gran amor. Te presento mi vida entera para que se haga tu voluntad y no la mía. Haz que toda mi persona contribuya a la construcción de tu Reino. Que mi corazón responda a los impulsos de tu Corazón. Tu que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

viernes, 4 de septiembre de 2015

SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS (XI): REFLEXIONES DE SAN JUAN PABLO II SOBRE LAS LETANÍAS DEL 28 AL 33

28. Corazón de Jesús, vida y resurrección nuestra


JUAN PABLO II

ÁNGELUS

Domingo 27 de agosto de 1989




28. Vigésima octava Letanía:Corazón de Jesús, vida y resurrección nuestra, ten piedad de nosotros

«Cor Iesu, vita et resurrectio nostra»
Corazón de Jesús, vida y resurrección nuestra

1. Esta invocación de las letanías del Sagrado Corazón, fuerte y convencida como un acto de fe, encierra en una frase lapidaria todo el misterio de Cristo Redentor; nos recuerda las palabras dirigidas por Jesús a Marta, afligida por la muerte de su hermano Lázaro: "Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá" (Jn 11, 25).

Jesús es la vida que brota eternamente de la divina fuente del Padre: "En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios... En ella estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres" (Jn 1, 1.4).

Jesús es vida en Sí mismo: "Como el Padre tiene vida en sí mismo, así también le ha dado al Hijo tener vida en sí mismo" (Jn 5, 26). En el íntimo ser de Cristo, en su Corazón, la vida divina y la vida humana se unen armónicamente, en plena e inseparable unidad.

Pero Jesús es también vida para nosotros. "Dar la vida" es el objetivo de la misión que Él, Buen Pastor, recibió del Padre: "Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia" (Jn 10, 10).

2. Jesús es también la resurrección. Nada es tan radicalmente contrario a la santidad de Cristo ―el Santo del Señor (cf. Lc 1, 35; Mc 1, 24)― como el pecado; nada es tan opuesto a Él, fuente de vida, como la muerte.

Un vínculo misterioso une pecado y muerte (cf. Sb 2, 24; Rm 5, 12; 6, 23 etc.): ambas son realidades esencialmente contrarias al proyecto de Dios sobre el hombre, que no fue hecho para la muerte, sino para la vida. Ante toda expresión de muerte, el Corazón de Cristo se conmovió profundamente, y por amor al Padre y a los hombres, sus hermanos, hizo de su vida un "prodigioso duelo" contra la muerte (Misal Romano, Secuencia de Pascua): con una palabra restituyó la vida física a Lázaro, al hijo de la viuda de Naín, a la hija de Jairo; con la fuerza de su amor misericordioso devolvió la vida espiritual a Zaqueo, a María Magdalena, a la adúltera y a cuantos supieron reconocer su presencia salvadora.

3. Hermanos y hermanas: Nadie como María ha experimentado que el Corazón de Jesús es "vida y resurrección":

De Él, vida, María recibió la vida de la gracia original y, en la escucha de su palabra y en la observación atenta de sus gestos salvíficos, pudo custodiarla y nutrirla.

Por Él, resurrección, Ella fue asociada de modo singular a la victoria sobre la muerte: el misterio de su Asunción en cuerpo y alma al cielo es el consolador documento de que la victoria de Cristo sobre el pecado y sobre la muerte se prolonga en los miembro de su Cuerpo Místico, y, como primero entre todos, en María, "miembro excelentísimo" de la Iglesia (Lumen gentium, 53).

Glorificada en el cielo, la Virgen está, con su corazón de Madre, al servicio de la redención obrada por Cristo. "Madre de la vida", está cerca de toda mujer que da a luz un hijo; está al lado de toda fuente bautismal donde, por el agua y por Espíritu (cf. Jn 3, 5) nacen los miembros de Cristo; "Salud de los enfermos", está donde la vida se consume afectada por el dolor y la enfermedad; "Madre de misericordia", Ella llama a quien ha caído bajo el peso de la culpa para que vuelva a las fuentes de la vida; "Refugio de pecadores", señala a quienes se habían alejado de Él, el camino que conduce a Cristo: "Virgen dolorosa" junto al Hijo que muere (cf. Jn 19, 25), Ella está donde la vida se apaga.

Invoquémosla con la Iglesia "Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte".


29. Corazón de Jesús, paz y reconciliación nuestra.


JUAN PABLO II

ÁNGELUS

Domingo 3 de septiembre de 1989



29. Vigésima novena Letanía:Corazón de Jesús, paz y reconciliación nuestra, ten piedad de nosotros.

«Cor Iesu, pax et reconciliatio nostra».
«Corazón de Jesús, paz y reconciliación nuestra, ten piedad de nosotros».

1. Queridos hermanos y hermanas:

Rezando con fe esta hermosa invocación de las letanías del Sagrado Corazón, un sentimiento de confianza y de seguridad se difunde en nuestro espíritu: Jesús es de verdad nuestra paz, nuestra suprema reconciliación.

Jesús es nuestra paz. Es bien conocido el significado bíblico del término "paz": indica, en síntesis, la suma de los bienes que Jesús, el Mesías, ha traído a los hombres. Por esto, el don de la paz marca el inicio de su misión sobre la tierra, acompaña su desarrollo y constituye su coronamiento. "Paz" cantan los ángeles junto al pesebre del recién nacido "Príncipe de la Paz" (cf. Lc 2, 14; Is 9, 5). " Paz" es el deseo que brota del Corazón de Cristo, conmovido ante la miseria del hombre enfermo en el cuerpo (cf. Lc 8, 48) o en el espíritu (cf. Lc 7, 50). "Paz" es el saludo luminoso del Resucitado a sus discípulos (cf. Lc 24, 36; Jn 20, 19. 26), que Él, en el momento de dejar esta tierra, confía a la acción del Espíritu, manantial de "amor, alegría, paz" (Ga 5, 22).

2. Jesús es, al mismo tiempo, nuestra reconciliación. Como consecuencia del pecado se produjo una profunda y misteriosa fractura entre Dios, el Creador, y el hombre, su creatura. Toda la historia de la salvación no es más que la narración admirable de las intervenciones de Dios en favor del hombre a fin de que éste, en la libertad y en el amor, vuelva a Él; a fin de que a la situación de fractura suceda una situación de reconciliación y de amistad, de comunión y de paz.

En el Corazón de Cristo, lleno de amor hacia el Padre y hacia los hombres, sus hermanos, tuvo lugar la perfecta reconciliación entre el cielo y la tierra: "Fuimos reconciliados con Dios ―dice el Apóstol― por la muerte de su Hijo" (Rm 5, 10).

Quien quiera hacer la experiencia de la reconciliación y de la paz, debe acoger la invitación del Señor y acudir a Él (cf. Mt 11, 28). En su Corazón encontrará paz y descanso; allí, su duda se transformará en certidumbre; el ansia, en quietud; la tristeza, en gozo; la turbación, en serenidad. Allí encontrará alivio al dolor, valor para superar el miedo, generosidad para no rendirse al envilecimiento y para volver a tomar el camino de la esperanza.

3. El Corazón de la Madre es en todo semejante al Corazón del Hijo. También la Bienaventurada Virgen es para la Iglesia una presencia de paz y de reconciliación: ¿No es Ella quien, por medio del ángel Gabriel, recibió el mayor mensaje de reconciliación y de paz que Dios haya jamás enviado al género humano? (cf. Lc 1, 26-38).

María dio a luz a Aquel que es nuestra reconciliación; Ella estaba al pie de la cruz cuando, en la sangre del Hijo Dios reconcilió "con Él todas las cosas" (Col 1, 20); ahora, glorificada en el cielo tiene ―como recuerda una plegaria litúrgica― "un corazón lleno de misericordia hacia los pecadores, que, volviendo la mirada a su caridad materna, en Ella se refugian e imploran el perdón" de Dios (cf. Misal, Prefacio De Beata Maria Virgine).

Que María, Reina de la Paz, nos obtenga de Cristo el don mesiánico de la paz y la gracia de la reconciliación, plena y perenne, con Dios y con los hermanos. Por esto la imploramos.

30. Corazón de Jesús, víctima de los pecadores


JUAN PABLO II

ÁNGELUS

Domingo 10 de septiembre de 1989



30. Trigésima Letanía:Corazón de Jesús, víctima de los pecadores, ten piedad de nosotros.

«Cor Iesu, victima peccatorum».
«Corazón de Jesús, víctima de los pecadores».

1. Muy queridos hermanos y hermanas:

Esta invocación de las letanías del Sagrado Corazón nos recuerda que Jesús, según la palabra del Apóstol Pablo, "fue entregado por nuestros pecados" (Rm 4, 25); pues, aunque Él no había cometido pecado, "Dios le hizo pecado por nosotros" (2 Co 5, 21). Sobre el Corazón de Cristogravó, enorme, el peso del pecado del mundo.

En Él se cumplió de modo perfecto la figura del "cordero pascual", víctima ofrecida a Dios para que en el signo de su sangre fuesen librados de la muerte los primogénitos de los hebreos (cf. Ex12, 21-27). Por tanto, justamente Juan Bautista reconoció en Él al verdadero "cordero de Dios" (Jn 1, 29): cordero inocente, que había tomado sobre sí el pecado del mundo para sumergirlo en las aguas saludables del Jordán (cf. Mt 3, 13-16 y paralelos); cordero manso, "al degüello era llevado, y como oveja que ante los que la trasquilan está muda" (Is 53, 7), para que por su divino silencio quedase confundida la palabra soberbia de los hombres inicuos.

Jesús es víctima voluntaria, porque se ofreció "libremente a su pasión (Misal Romano, Plegaria eucarística II), como víctima de expiación por los pecados de los hombres (cf. Lv 1, 4; Hb 10, 5-10) que consumió en el fuego de su amor.

2. Jesús es víctima eterna. Resucitado de la muerte y glorificado a la derecha del Padre, Élconserva en su cuerpo inmortal las señales de las llagas de las manos y de los pies taladrados, del costado traspasado (cf. Jn 20, 27; Lc 24, 39-40) y los presenta al Padre en su incesante plegaria de intercesión a favor nuestro (cf. Hb 7, 25; Rm 8, 34).

La admirable Secuencia de la Misa de Pascua, recordando este dato de nuestra fe, exhorta:
"A la víctima pascual
elevemos hoy el sacrificio de alabanza.
El cordero ha redimido a su grey.
El inocente nos ha reconciliado a nosotros pecadores con el Padre"
(Secuencia Victimae Paschali, estrofa 1).
Y el prefacio de esa misma solemnidad proclama: Cristo es "el verdadero cordero que quitó el pecado del mundo, muriendo destruyó nuestra muerte, y resucitando restauró la vida".

3. Hermanos y hermanas: En esta hora de la plegaria mariana hemos contemplado el Corazón de Jesús víctima de nuestros pecados; pero antes que todos y más profundamente que todos lo contempló su Madre dolorosa, de la que la liturgia canta: "Por los pecados del pueblo Ella vio a Jesús en los tormentos del duro suplicio" (Secuencia Stabat Mater, estrofa 7).

En la proximidad de la memoria litúrgica de la Bienaventurada Virgen María Dolorosa, recordemos esta presencia intrépida e intercesora de la Virgen bajo la cruz del Calvario, y pensemos con inmensa gratitud que, en aquel momento, Cristo, que estaba para morir, víctima de los pecados del mundo, nos la confió como Madre: "Ahí tienes a tu Madre" (Jn 19, 27).

Confiemos a María nuestra plegaria, mientras decimos a su Hijo Jesús:

Corazón de Jesús,
víctima de nuestros pecados,
acoge nuestra alabanza,
la gratitud perenne,
el arrepentimiento sincero.
Ten piedad de nosotros
hoy y siempre. Amén.

31. Corazón de Jesús, salvación de los que en Ti esperan


JUAN PABLO II

ÁNGELUS

Domingo 17 de septiembre de 1989


31. Trigésima primera Letanía:Corazón de Jesús, salvación de los que en Ti esperan, ten piedad de nosotros.

«Corazón de Jesús, salvación de los que en ti esperan, ten piedad de nosotros».

1. A esta hora del Ángelus detengámonos durante algunos instantes para reflexionar sobre esa invocación de las letanías del Sagrado Corazón que dice: "Corazón de Jesús, salvación de los que en ti esperan, ten piedad de nosotros".

En la Sagrada Escritura aparece constantemente la afirmación según la cual el Señor es "un Dios que salva" (cf. Ex 15, 2; Sal 51, 16; 79, 9; Is 46, 13) y la salvación es un don gratuito de su amor y de su misericordia. El Apóstol Pablo, en un texto de alto valor doctrinal, afirma incisivamente: Dios "quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad" (1 Tm 2, 4; cf. 4, 10).

Esta voluntad salvífica, que se ha manifestado en tantas intervenciones admirables de Dios en la historia, ha alcanzado su culmen en Jesús de Nazaret, Verbo Encarnado, Hijo de Dios e Hijo de María, pues en Él se ha cumplido con plenitud la palabra dirigida por el Señor a su "Siervo": "Te voy a poner por luz de las gentes, para que mi salvación alcance hasta los confines de la tierra" (Is49, 6; cf. Lc 2, 32).

2. Jesús es la epifanía del amor salvífico del Padre (cf. Tt 2, 11; 3, 4). Cuando Simeón tomó en sus brazos al niño Jesús, exclamó: "han visto mis ojos tu salvación" (Lc 2, 30).

En efecto, en Jesús todo está en función de su misión de Salvador: el nombre que lleva ("Jesús" significa "Dios salva"), las palabras que pronuncia, las acciones que realiza y los sacramentos que instituye.

Jesús es plenamente consciente de la misión que el Padre le ha confiado: "el Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido" (Lc 19, 10). De su corazón, es decir, del núcleo más íntimo de su ser, brota ese celo por la salvación del hombre que lo impulsa a subir, como manso cordero, al monte del Calvario, a extender sus brazos en la cruz y a "dar su vida como rescate por muchos" (Mc 10, 45).

3. En el Corazón de Cristo podemos, por tanto, colocar nuestra esperanza. Ese Corazón ―dice la invocación― es salvación "para los que esperan en Él". El Señor mismo que, la víspera de su pasión, pidió a los Apóstoles que tuvieran confianza en Él ―"No se turbe vuestro corazón. Creéis en Dios; creed también en mí" (Jn 14, 1)― hoy nos pide a nosotros que confiemos plenamente en Él: nos lo pide porque nos ama; porque, para nuestra salvación, tiene su Corazón traspasado y sus pies y manos perforados. Quien confía en Cristo y cree en el poder de su amor renueva en sí la experiencia de María Magdalena, como nos la presenta la liturgia pascual: "Cristo, esperanza mía,ha resucitado" (Domingo de Pascua, Secuencia).
¡Refugiémonos, por consiguiente, en el Corazón de Cristo! Él nos ofrece una palabra que no pasa (cf. Mt 24, 25), un amor que no desfallece, una amistad que no se resquebraja, una presencia que no cesa (cf. Mt 28, 20).

Que la Bienaventurada Virgen, "que acogió en su corazón inmaculado al Verbo de Dios y mereció concebirlo en su seno virginal" (cf. Prefacio de la Misa votiva: de la Bienaventurada Virgen María Madre de la Iglesia) nos enseñe a poner en el corazón de su Hijo nuestra total esperanza, con la certeza de que ésta no quedará defraudada.

32. Corazón de Jesús, esperanza de los que en ti mueren


JUAN PABLO II

ÁNGELUS

Domingo 5 de noviembre de 1989



32. Trigésima segunda Letanía:Corazón de Jesús, esperanza de los que en ti mueren, ten piedad de nosotros.

Amadísimos hermanos y hermanas:

1. La reciente conmemoración de todos los fieles difuntos nos invita hoy a contemplar, bajo una luz de fe y de esperanza, la muerte del cristiano, para la que las Letanías del Sagrado Corazón ―objeto de nuestras reflexiones en anteriores encuentros dominicales― nos ponen en los labios la invocación: "Corazón de Jesús, esperanza de los que en ti mueren, ten piedad de nosotros".

La muerte forma parte de la condición humana; es el momento terminal de la fase histórica de la vida. En la concepción cristiana, la muerte es un paso: de la luz creada a la luz increada, de la vida temporal a la vida eterna.

Ahora bien, si el Corazón de Cristo es la fuente de la que el cristiano recibe luz y energía para vivir como hijo de Dios, ¿a qué otra fuente se dirigirá para sacar la fuerza necesaria para morir de modo coherente con su fe? Como "vive en Cristo", así no puede menos de "morir en Cristo".

La invocación de las letanías recoge la experiencia cristiana ante el acontecimiento de la muerte: el Corazón de Cristo, su amor y su misericordia, son esperanza y seguridad para quien muere en Él.

2. Pero conviene que nos detengamos un momento a preguntarnos: ¿Qué significa "morir en Cristo"? Significa ante todo, amadísimos hermanos y hermanas, leer el evento desgarrador y misterioso de la muerte a la luz de la enseñanza del Hijo de Dios y verlo, por ello, como el momento de la partida hacia la casa del Padre, donde Jesús, pasando también Él a través de la muerte, ha ido a prepararnos un lugar (cf. Jn 14, 2); es decir significa creer que, a pesar de la destrucción de nuestro cuerpo, la muerte es premisa de vida y de fruto abundante (cf. Jn 12, 24).

"Morir en Cristo" significa, además, confiar en Cristo y abandonarse totalmente a Él, poniendo en sus manos ―de hermano, de amigo, de buen Pastor― el propio destino, así como Él, muriendo, puso su espíritu en las manos del Padre (cf. Lc 23, 46). Significa cerrar los ojos a la luz de este mundo en la paz, en la amistad, en la comunión con Jesús, porque nada, "ni la muerte ni la vida... podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro" (Rm 8, 38-39). En aquella hora suprema, el cristiano sabe que, aunque el corazón le reproche algunas culpas, el Corazón de Cristo es más grande que el suyo y puede borrar toda su deuda si él está arrepentido (cf. 1 Jn 3, 20).

3. "Morir en Cristo" significa también, queridos hermanos y hermanas, fortificarse para aquel momento decisivo con los "signos santos" del "paso pascual": el sacramento de la Penitencia, que nos reconcilia con el Padre y con todas las creaturas; el santo Viático, Pan de vida y medicina de inmortalidad; y la Unción de los enfermos, que da vigor al cuerpo y al espíritu para el combate supremo.

"Morir en Cristo" significa, finalmente, "morir como Cristo" orando y perdonando; teniendo junto a sí a la bienaventurada Virgen. Como madre, Ella estuvo junto a la cruz de su Hijo (cf. Jn 19, 25); como madre está al lado de sus hijos moribundos, Ella que, con el sacrificio de su corazón, cooperó a engendrarlos a la vida de la gracia (cf. Lumen gentium, 53); está al lado de ellos, presencia compasiva y materna, para que del sufrimiento de la muerte nazcan a la vida de la gloria.

33. Corazón de Jesús, delicia de todos los santos


JUAN PABLO II

ÁNGELUS

Domingo 12 de noviembre de 1989



33. Trigésima tercera Letanía: Corazón de Jesús, delicia de todos los santos, ten piedad de nosotros.

Amadísimos hermanos y hermanas:

1. La Iglesia se alegra hoy por la glorificación de dos de sus hijos: Inés de Bohemia y Alberto Chmielowski. Estos dos santos se van a añadir a aquella "muchedumbre inmensa" que la liturgia nos ha invitado a contemplar en la reciente solemnidad de Todos los Santos. Ante un espectáculo tan exaltante sube espontáneamente a los labios la invocación de las letanías: "Corazón de Jesús, gozo de todos los santos, ten piedad de nosotros".

De la esperanza al cumplimiento, del deseo a la realización, de la tierra al cielo: este parece ser, amadísimos hermanos y hermanas; el ritmo según el cual suceden las tres últimas invocaciones de las letanías del Sagrado Corazón. Tras las invocaciones "salvación de los que en ti esperan", y "esperanza de los que en ti mueren", las letanías concluyen dirigiéndose al Corazón de Jesús como "gozo de todos los santos". Es ya visión de paraíso: es anotación veloz acerca de la vida del cielo; es palabra breve que abre horizontes infinitos de bienaventuranza eterna.

2. Sobre esta tierra el discípulo de Jesús vive en la espera de alcanzar a su Maestro, en el deseo de contemplar su rostro, en la aspiración ardiente de vivir siempre con él. En el cielo, en cambio, cumplida la espera, el discípulo ya ha entrado en el gozo de su Señor (cf. Mt 25, 21. 23); contempla el rostro de su Maestro, ya no transfigurado durante un solo instante (cf. Mt 17, 2; Mc9, 2; Lc 9, 28), sino resplandeciente para siempre con el fulgor de la eterna luz (cf. Hb 1, 3); vive con Jesús y de la misma vida de Jesús.

La vida del cielo no es más que la fruición perfecta, indefectible e intensa, del amor de Dios -Padre, Hijo y Espíritu Santo- y no es más que la revelación total del ser íntimo de Cristo, y la comunicación plena de la vida y del amor que brotan de su Corazón. En el cielo los bienaventurados ven satisfecho todo deseo, cumplida toda profecía, aplacada toda sed de felicidad, y colmada toda aspiración.

3. Por eso el Corazón de Cristo es la fuente de la vida de amor de los santos: en Cristo y por medio de Cristo los bienaventurados del cielo son amados por el Padre, que los une a Sí con el vínculo del Espíritu, divino Amor; en Cristo y por medio de Cristo, ellos aman al Padre y a los hombres, sus hermanos, con el amor del Espíritu.

El Corazón de Cristo es el espacio vital de los bienaventurados: el lugar donde ellos permanecen en el amor (cf. Jn 15, 9), sacando de él gozo perenne y sin límite. La sed infinita de amor, misteriosa sed que Dios ha puesto en el corazón humano, se apaga en el Corazón divino de Cristo.

Allí se manifiesta en plenitud el amor del Redentor hacia los hombres, necesitados de salvación; del Maestro hacia los discípulos, sedientos de verdad: del Amigo que anula las distancias y eleva a los siervos a la condición de amigos, para siempre, en todo. El intenso deseo, que sobre la tierra se manifestaba en la súplica "Ven, Señor Jesús" (Ap 22, 20), ahora, en el cielo, se transforma en visión cara a cara, en posesión tranquila, en fusión de vida: de Cristo en los bienaventurados y de los bienaventurados en Cristo.

Elevando hacia ellos la mirada del alma y contemplándolos en torno a Cristo juntamente con su Reina, la Virgen Santísima, nosotros repetimos hoy, con firme esperanza, la alegre invocación: "¡Corazón de Jesús, gozo de todos los santos, ten piedad de nosotros!".

viernes, 28 de agosto de 2015

SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS (X): REFLEXIONES DE SAN JUAN PABLO II SOBRE LAS LETANÍAS DEL 21 AL 27

21. Corazón de Jesús, fuente de vida y de santidad

JUAN PABLO II

ÁNGELUS
Domingo 10 de agosto de 1986


21. Vigésima primera Letanía: Corazón de Jesús, fuente de vida y de santidad, ten piedad de nosotros.

1. ¡Corazón de Jesús, fuente de vida y de santidad!

Fuente.
Recordemos cuando Jesús se acercó a la pequeña ciudad de Samaria, llamada Sicar, donde se encontraba una fuente que se remontaba a los tiempos del Patriarca Jacob.

En aquel lugar encontró a una samaritana, que se acercaba para sacar agua de la fuente. Él le dice: "Dame de beber". La mujer responde: "¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, mujer samaritana?".

Entonces Jesús replicó: "Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice: Dame de beber, tú le pedirías a Él, y Él te daría a ti agua viva".

Y continuó: "El agua que yo te dé se hará en ti fuente que salte hasta la vida eterna" (cf. Jn 4, 5-14).
¡Fuente! ¡Fuente de vida y de santidad!

2. En otra ocasión, en el último día de la fiesta de los Tabernáculos en Jerusalén, Jesús ―como escribe también el Evangelista Juan― "gritó, diciendo: Si alguno tiene sed, venga a mí y beba. El que cree en mí, según dice la Escritura, ríos de agua viva correrán de su seno". El Evangelista añade: "Esto dijo del Espíritu, que habían de recibir los que creyeran en Él" (Jn 7, 37-39).

3. Todos deseamos acercarnos a esta fuente de agua viva. Todos deseamos beber del Corazón divino, que es fuente de vida y de santidad.

En Él nos ha sido dado el Espíritu Santo, que se da constantemente a todos aquellos que con adoración y amor se acercan a Cristo, a su Corazón.

Acercarse a la fuente quiere decir alcanzar el principio. No hay en el mundo creado otro lugar del cual pueda brotar la santidad para la vida humana, fuera de este Corazón, que ha amado tanto. "Ríos de agua viva" han manado de tantos corazones... y ¡manan todavía! De ello dan testimoniolos Santos de todos los tiempos.

4. Te pedimos, Madre de Cristo, que seas nuestra Guía al Corazón de tu Hijo. Te pedimos que nos acerques a Él y nos enseñes a vivir en intimidad con este Corazón, que es fuente de vida y de santidad.

22. Corazón de Jesús, propiciación por nuestros pecados

JUAN PABLO II

ÁNGELUS
Domingo 17 de agosto de 1986


22. Vigésima segunda Letanía: Corazón de Jesús, propiciación por nuestros pecados, ten piedad de nosotros.

1. Corazón de Jesús, propiciación por nuestros pecados. El Corazón de Jesús es fuente de vida, porque por medio de Él actúa la victoria sobre la muerte. Es fuente de santidad, porque en Él ha sido vencido el pecado que es adversario de la santidad en el corazón del hombre.

Jesús, que el domingo de resurrección entra por la puerta cerrada, en el Cenáculo, dice a los Apóstoles: "Recibid el Espíritu Santo; a quien perdonareis los pecados, les serán perdonados" (Jn 20, 23).
Y diciendo esto, les muestra las manos y el costado, en el que están visibles los signos de la crucifixión. Muestra el costado, lugar del Corazón traspasado por la lanza del centurión.

2. Así, pues, los Apóstoles han sido llamados a volver al Corazón, que es propiciación por los pecados del mundo. Y con ellos también nosotros somos llamados.

La potencia de la remisión de los pecados, la potencia de la victoria sobre el mal que alberga en el corazón del hombre, se encierra en la pasión y en la muerte de Cristo Redentor. Un signo particular de esta potencia redentora es precisamente el Corazón.

La pasión de Cristo y su muerte se han apoderado de todo su cuerpo. Se han cumplido mediante todas las heridas, que Él ha recibido durante la pasión. Y se han cumplido sobre todo en el Corazón, porque el Corazón agonizaba mientras se apagaba todo el cuerpo. El Corazón se consumía al ritmo del sufrimiento que producían todas las heridas.

3. En este despojamiento el Corazón ardía de amor. Una llama viva de amor ha consumido el Corazón de Jesús en la cruz.

Este amor del Corazón fue la potencia propiciadora por nuestros pecados. Ello ha superado ―y supera para siempre― todo el mal contenido en el pecado, todo el alejamiento de Dios, toda la rebelión de la libre voluntad humana, todo mal uso de la libertad creada, que se opone a Dios y a su santidad.

El amor que ha consumado el Corazón de Jesús ―el amor que ha causado la muerte de su Corazón― era y es una potencia invencible. Mediante el amor del Corazón divino, la muerte ha logrado la victoria sobre el pecado. Se ha convertido en fuente de vida y de santidad.

4. Cristo mismo conoce hasta el fondo este misterio redentor de su Corazón. Es testimonio inmediato del mismo. Cuando dice a los Apóstoles: Recibid el Espíritu Santo para la remisión de los pecados, da testimonio de aquel Corazón que es propiciación por los pecados del mundo.

María, que eres refugio de los pecadores, ¡acércanos al Corazón de tu Hijo!

23. Corazón de Jesús, saciado de oprobios


JUAN PABLO II

ÁNGELUS
Domingo 24 de agosto de 1986




23. Vigésima tercera Letanía: Corazón de Jesús, saciado de oprobios, ten piedad de nosotros.

1. Corazón de Jesús, saciado de oprobios.

Las palabras de las letanías del Sagrado Corazón nos ayudan a releer el Evangelio de la pasión de Cristo.

Repasemos con los ojos del alma aquellos momentos y acontecimientos desde la captura en Getsemaní al juicio de Anás y de Caifás, la encarcelación nocturna, la sentencia matutina del Sanedrín, el tribunal del Gobernador romano, el tribunal de Herodes el galileo, la flagelación, la coronación de espinas, la sentencia de crucifixión, el vía crucis hasta el lugar del Gólgota, y, a través de la agonía sobre el árbol de la ignominia, hasta el último "Todo está cumplido".

Corazón de Jesús, saciado de oprobios.

2. Corazón de Jesús ―el corazón humano del Hijo de Dios―, tan conocedor de la dignidad de todo hombre, tan conocedor de la dignidad de Dios-Hombre.

Corazón del Hijo, que es Primogénito de toda creatura:

― tan conocedor de la peculiar dignidad del alma y del cuerpo del hombre;
― tan sensible por todo lo que ofende esta dignidad: "saciado de oprobios".

3. Recordemos las palabras de Isaías Profeta: "He aquí a mi Siervo, a quien sostengo yo; mi elegido, en quien se complace mi alma... Él dará el derecho a las naciones. No gritará, no hablará recio... No romperá la caña cascada ni apagará la mecha que se extingue" (Is 42, 1-3).

"Como de Él se pasmaron muchos, tan desfigurado estaba su aspecto, que no parecía ser de hombre" (Is 52, 14).

"...Varón de dolores y familiarizado con el sufrimiento, y como uno ante el cual se oculta el rostro, menospreciado sin que le tengamos en cuenta" (Is 53, 3).

4. ¡Corazón de Jesús, saciado de oprobios!
¡Corazón de Jesús saciado de oprobios!
Signo de contradicción...
"Y una espada atravesará tu alma..." (Lc 2, 4-35).

24. Corazón de Jesús, despedazado por nuestros delitos


JUAN PABLO II

ÁNGELUS
Domingo 31 de agosto de 1986


24. Vigésima cuarta Letanía: Corazón de Jesús, despedazado por nuestros delitos, ten piedad de nosotros

1. Corazón de Jesús, despedazado por nuestros delitos.
Jesús de Nazaret, el que durante la última Cena dijo: "Esto es mi Cuerpo, que será entregado por vosotros... Este es el cáliz de mi Sangre derramada por vosotros".

Jesús: sacerdote fiel, que mediante su propia sangre entra en el tabernáculo eterno.
Jesús: sacerdote, que según el orden de Melquisedec nos deja su sacrificio: haced esto... : ¡Jesús - Corazón de Jesús!

2. Corazón de Jesús en Getsemaní, que "se entristece hasta la muerte", que siente el "peso" terrible. Cuando dice: "Todo te es posible; aleja de mí este cáliz" (Mc 14 36), Él sabe, al mismo tiempo, cuál es la voluntad del Padre, y no desea otra cosa que cumplirla: derramar el cáliz hasta el fondo.
Corazón de Jesús, despedazado con la eterna sentencia: efectivamente, Dios ha amado tanto al mundo hasta dar su Hijo unigénito...

3. Tantos siglos antes lo había dicho Isaías:

"Pero fue Él ciertamente quien soportó nuestros sufrimientos / y cargó con nuestros dolores, / mientras que nosotros le tuvimos por castigado, / herido por Dios y abatido" (Is 53, 4). Él se ha inmolado por nuestros delitos; y, sin embargo, ¿no decían en el Gólgota: "Si eres hijo de Dios, baja de esa cruz" (Mt 27, 40)?

4. Así decían: Y, sin embargo, el Profeta sabía. Y, sin embargo, Isaías decía..., tantos siglos antes: "Fue traspasado por nuestras iniquidades / y molido por nuestros pecados... / Todos nosotros andábamos errantes como ovejas, / siguiendo cada uno su camino; / y Yavé cargó sobre Él / la iniquidad de todos nosotros... / Fue arrancado de la tierra de los vivientes / y herido de muerte por el crimen de su pueblo" (Is 53, 5-8).

5. ¡Despedazado por nuestros delitos!
Corazón de Jesús, despedazado por los pecados...
Los sufrimientos de la agonía abrazan gradualmente todo el cuerpo del Crucificado. Lentamente la muerte llega al corazón.
Jesús dice: "Todo está cumplido".
"Padre, en tus manos entrego mi espíritu" (Lc 23, 46).
¿Cómo iban a cumplirse las escrituras diversamente?
Cómo iban a cumplirse diversamente las palabras del Profeta que dice: "El Justo, mi Siervo, justificará a muchos... Se cumplirá por su medio la voluntad del Señor" (cf. Is 53, 11).
¡La voluntad del Padre! ¡No la mía, sino tu voluntad!

5. Nos hemos unido en la oración
contigo, Madre de Cristo:
contigo, que has participado
en sus sufrimientos ("conduluit")... 
Tú nos conduces al Corazón de tu Hijo 
agonizante en la cruz:
cuando en su despojamiento
se revela hasta el fondo como Amor.
Oh Tú, que has participado
en sus sufrimientos,
permítenos perseverar siempre
abrazando este misterio.
¡Madre del Redentor!
¡Acércanos al Corazón de tu Hijo!


25. Corazón de Jesús, obediente hasta la muerte


JUAN PABLO II

ÁNGELUS


Domingo 23 de julio de 1989




25. Vigésima quinta Letanía:Corazón de Jesús, obediente hasta la muerte, ten piedad de nosotros.

1. Queridos hermanos y hermanas: esta invocación de las Letanías del Sagrado Corazón nos invita hoy a contemplar el Corazón de Cristo obediente. Toda la vida de Jesús está bajo el signo de una perfecta obediencia a la voluntad del Padre, suprema y coeterna fuente de su ser (cf. Jn 1, 1-2): uno solo es su poder y su gloria, una sola su sabiduría; es recíproco su infinito amor. Por esta comunión de vida y de amor, el Hijo se adhiere plenamente al proyecto del Padre, que quiere la salvación del hombre mediante el hombre: en la "plenitud de los tiempos" nace de la Virgen Madre (cf. Ga 4, 4) con un corazón obediente, para reparar el daño causado al género humano por el corazón desobediente de los primeros padres.

Por esto, al entrar en el mundo Cristo dice: "He aquí que vengo... a hacer, oh Dios, tu voluntad" (Hb 10, 7). ¡"Obediencia" es el nuevo nombre del "amor"!

2. Los Evangelios nos muestran a Jesús, en el transcurso de su vida, siempre dedicado a hacer la voluntad del Padre. A María y José, que durante tres días, afligidos, lo habían buscado, Jesús, que tenía doce años, les responde: "¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre? (Lc 2, 49). Toda su existencia está dominada por este "yo debo" que determina sus opciones y guía su actividad. A los discípulos dirá un día: "Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra" (Jn 4, 34); y les enseñará a orar así: "Padre Nuestro, ... hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo" (Mt 6, 10).

3. Jesús obedece hasta la muerte (cf. Flp 2, 8), aunque nada le resulte tan radicalmente opuesto como la muerte, ya que Él es la fuente misma de la vida (cf. Jn 11, 25-26).

En aquellas horas trágicas le sobrevienen, inquietantes, el desconsuelo y la angustia (cf. Mt 26, 37), el miedo y la turbación (cf. Mc 14, 33), el sudor de sangre y las lágrimas (cf. Lc 22, 44). Luego, en la cruz, el dolor desgarra su cuerpo traspasado. La amargura -del rechazo, de la traición, de la ingratitud-, llena su Corazón. Pero sobre todo domina la paz de la obediencia. "No se haga mi voluntad, sino la tuya" (Lc 22, 42). Jesús recoge las fuerzas extremas y, casi sintetizando su vida, pronuncia la última palabra: "Todo está cumplido". (Jn 19, 30).

4. Al alba, al mediodía y al atardecer de la vida de Jesús, late en su corazón un solo deseo: hacer la voluntad del Padre. Contemplando esta vida, unificada por la obediencia filial al Padre, comprendemos la palabra del Apóstol: "Por la obediencia de uno solo todos serán constituidos justos" (Rm 5, 19), y la otra, misteriosa y profunda, de la Carta a los Hebreos: "Aun siendo Hijo, con lo que padeció experimentó la obediencia: y llegado a la perfección, se convirtió en causa de salvación eterna para todos los que le obedecen " (5, 8-9).
Que María Santísima, la Virgen del "hágase" tembloroso y generoso, nos ayude también a nosotros a "aprender" esta lección fundamental.

26. Corazón de Jesús, atravesado por una lanza


JUAN PABLO II

ÁNGELUS


Domingo 30 de julio de 1989



26. Vigésima sexta Letanía:Corazón de Jesús atravesado por una lanza, ten piedad de nosotros

1. Pocas páginas del Evangelio a lo largo de los siglos han atraído la atención de los místicos, de los escritores espirituales y de los teólogos tanto como el pasaje del Evangelio de San Juan que nos narra la muerte gloriosa de Cristo y la escena en que le atraviesan el costado (cf. Jn 19, 23-37). En esa página se inspira la invocación de las Letanías, que he recordado hace un momento.

En el Corazón atravesado contemplamos la obediencia filial de Jesús al Padre, cuya misión Él realizó con valentía (cf. Jn 19, 30) y su amor fraterno hacia los hombres, a quienes Él "amó hasta el extremo" (Jn 13, 1), es decir, hasta el extremo sacrificio de Sí mismo. El Corazón atravesado de Jesús es el signo de la totalidad de este amor en dirección vertical y horizontal, como los dos brazos de la cruz.

2. El Corazón atravesado es también el símbolo de la vida nueva, dada a los hombres mediante el Espíritu y los sacramentos. En cuanto el soldado le dio el golpe de gracia, del costado herido de Cristo "al instante salió sangre y agua" (Jn 19, 34). La lanzada atestigua la realidad de la muerte de Cristo. Él murió verdaderamente, como había nacido verdaderamente y como resucitará verdaderamente en su misma carne (cf. Jn 20, 24.27). Contra toda tentación antigua o moderna de docetismo, de ceder a la "apariencia", el Evangelista nos recuerda a todos la cruda certeza de la realidad. Pero al mismo tiempo tiende a profundizar el significado del acontecimiento salvífico y a expresarlo a través del símbolo. Él, por tanto, en el episodio de la lanzada, ve un profundo significado: como de la roca golpeada por Moisés brotó en el desierto un manantial de agua (cf. Nm 20, 8-11), así del costado de Cristo, herido por la lanza, brotó un torrente de agua para saciar la sed del nuevo pueblo de Dios. Este torrente es el don del Espíritu (cf. Jn 7, 37-39), que alimenta en nosotros la vida divina.

3. Finalmente, del Corazón atravesado de Cristo brota la Iglesia. Como del costado de Adán que dormía fue extraída Eva, su esposa, así ―según una tradición patrística que se remonta a los primeros siglos―, del costado abierto del Salvador, que dormía sobre la cruz en el sueño de la muerte, fue extraída la Iglesia, su esposa. Esta se forma precisamente del agua y de la sangre, ―Bautismo y Eucaristía―, que brotan del Corazón traspasado. Por eso, con razón afirma la Constitución conciliar sobre la liturgia: "Del costado de Cristo dormido en la cruz nació el sacramento admirable de la Iglesia entera" (Sacrosanctum Concilium, 5).

4. Junto a la cruz, advierte el Evangelista, se encontraba la Madre de Jesús (cf. Jn 19, 25). Ella vio el Corazón abierto del que fluían sangre y agua, ―sangre tomada de su sangre―, y comprendió que la sangre del Hijo era derramada por nuestra salvación. Entonces comprendió hasta el fondo el significado de las palabras que el Hijo le había dirigido poco antes: "Mujer, he ahí a tu hijo" (Jn 19, 26): la Iglesia que brotaba del Corazón atravesado era confiada a sus cuidados de Madre.

Pidamos a María que nos guíe a sacar cada vez más abundantemente el agua de los manantiales de gracia que fluyen del Corazón atravesado de Cristo.

27. Corazón de Jesús, fuente de todo consuelo


JUAN PABLO II

ÁNGELUS


Domingo 13 de agosto de 1989



27. Vigésima séptima Letanía: Corazón de Jesús, fuente de todo consuelo, ten piedad de nosotros

1. Dios, Creador del cielo y de la tierra, es también "el Dios de toda consolación'' (2 Co 1, 3: cf.Rm 15, 5). Numerosas páginas del Antiguo Testamento nos muestran a Dios que, en su gran ternura y compasión, consuela a su pueblo en la hora de la aflicción. Para confortar a Jerusalén, destruida y desolada, el Señor envía a sus profetas a llevar un mensaje de consuelo: "Consolad, consolad a mi pueblo... Hablad al corazón de Jerusalén y decidle bien alto que ya ha cumplido su milicia" (Is 40. 1-2); y, dirigiéndose a Israel oprimido por el temor de sus enemigos, declara: "Yo, yo soy tu consolador" (Is 51, 12); e incluso, comparándose con una madre llena de ternura hacia sus hijos, manifiesta su voluntad de llevar paz, gozo y consuelo a Jerusalén: "Alegraos, Jerusalén, y regocijaos por ella todos los que la amáis... de modo que os hartéis de sus consuelos... Como uno a quien su madre le consuela, así yo os consolaré, y por Jerusalén seréis consolados" (Is 66, 10.11.13).

2. En Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre, nuestro hermano, el "Dios-que-consuela" se hizo presente entre nosotros. Así lo indicó primeramente el justo Simeón, que tuvo la dicha de acoger entre sus brazos al niño Jesús y de ver en Él realizada "la consolación de Israel" (Lc 2, 25). Y, en toda la vida de Cristo, la predicación del Reino fue un ministerio de consolación: anuncio de un alegre mensaje a los pobres, proclamación de libertad a los oprimidos, de curación a los enfermos, de gracia y de salvación a todos (cf. Lc 4. 16-21: Is 61. 1-2).

Del Corazón de Cristo brotó esta tranquilizadora bienaventuranza: "Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados" (Mt 5. 5), así como la tranquilizadora invitación: "Venid a mí todos los que estéis fatigados y sobrecargados, y yo os daré descanso" (Mt 11, 28).

La consolación que provenía del Corazón de Cristo era participación en el sufrimiento humano, voluntad de mitigar el ansia y aliviar la tristeza, y signo concreto de amistad. En sus palabras y en sus gestos de consolación se unían admirablemente la riqueza del sentimiento y la eficacia de la acción. Cuando, cerca de la puerta de la ciudad de Naím, vio a una viuda que acompañaba al sepulcro a su hijo único, Jesús compartió su dolor: "Tuvo compasión de ella" (Lc 7, 13), tocó el féretro, ordenó al joven que se levantara y lo restituyó a su madre (cf. Lc 7, 14-15).

3. El Corazón del Salvador es también, más aún, principalmente "fuente de consuelo", porque Cristo, juntamente con el Padre, dona el Espíritu Consolador: "Yo pediré al Padre y os dará otro Consolador para que esté con vosotros para siempre" (Jn 14, 16; cf. 14, 25: 16. 12): Espíritu de verdad y de paz, de concordia y de suavidad, de alivio y de consuelo: Espíritu que brota de la Pascua de Cristo (cf. Jn 19, 28-34) y del evento de Pentecostés (cf. Hch 2, 1-13).

4. Toda la vida de Cristo fue por ello un continuo ministerio de misericordia y de consolación. La Iglesia, contemplando el Corazón de Cristo y las fuentes de gracia y de consolación que de Él manan, ha expresado esta realidad estupenda con la invocación: "Corazón de Cristo, fuente de todo consuelo, ten piedad de nosotros".

Esta invocación es recuerdo de la fuente de la que, a lo largo de tos siglos, la Iglesia ha recibido consolación y esperanza en la hora de la prueba y de la persecución; es invitación a buscar en el Corazón de Cristo la consolación verdadera, duradera y eficaz; es advertencia para que, tras haber experimentado la consolación del Señor, nos convirtamos también nosotros en convencidos y conmovidos portadores de ella, haciendo nuestra la experiencia espiritual que hizo decir al Apóstol Pablo: el Señor "nos consuela en toda tribulación nuestra para poder consolar a los que están en toda tributación, mediante el consuelo con que nosotros somos consolados por Dios" (2 Co 1, 4).

Pidamos a María, Consoladora de los afligidos, que, en los momentos oscuros de tristeza y angustia, nos guíe a Jesús, su Hijo amado, "fuente de todo consuelo".