jueves, 20 de agosto de 2015

JESÚS DE NAZARET (IX): LA RESURRECCIÓN DE JESUCRISTO





 La Resurrección y el sentido de la Glorificación - Exaltación


Al hablar del Misterio Pascual decíamos que éste tiene como dos tiempos:

1. La pasión y muerte de Cristo, es el aspecto kenótico - sacrificial, en el que Cristo se ofrece al Padre en la cruz como víctima propiciatoria en favor de la salvación de los hombres,
2. La Resurrección de Jesucristo de entre los muertos, es el aspecto triunfal y glorioso de Cristo como premio al cumplimiento, en obediencia de la voluntad del Padre.

El Padre con el poder del  Espíritu Santo lo resucita de entre los muertos, es glorificado y exaltado a la diestra de Dios Padre, Rom 1, 4; 8, 11.

S. Pablo lo explica de esta manera: "Y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de Cruz. Por lo cual le exaltó y le otorgó el Nombre que está sobre todos los nombres, para que ante el nombre de Jesús se doble toda rodilla en el cielo y en la tierra y en los abismos, y toda lengua proclame que Jesucristo es Señor (Kyrios) para gloria de Dios Padre", Fil 2, 8-11. Así se completa el ciclo del "paso" (Pascua), de Cristo de este mundo, a la gloria del Padre.

«Os anunciamos la Buena Nueva de que la Promesa hecha a los padres Dios la ha cumplido en nosotros, los hijos, al resucitar a Jesús» (Hch 13, 32-33). La Resurrección de Jesús es la verdad culminante de nuestra fe en Cristo, creída y vivida por la primera comunidad cristiana como verdad central, transmitida como fundamental por la Tradición, establecida en los documentos del Nuevo Testamento, predicada como parte esencial del Misterio Pascual al mismo tiempo que la Cruz:

10.1. El acontecimiento histórico y trascendente

El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya S. Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios:«Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce» (1 Cor 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco.

10.2. Las apariciones del Resucitado

Los Doce apóstoles no habían comprendido las predicciones  de la pasión muerte y resurrección que por tres veces  narran los sinópticos. Por esto la  muerte y sepultura de Jesús los había desconcertado y cegado, Mc 16, 14, Lc 24, 21-24. Ver el sepulcro vacío no les llevó a ninguna conclusión para convencerles de que había resucitado, antes prefirieron creer que había sido raptado su cadáver. Lc 24, 11. Sólo Juan al ver el sepulcro vacío y los lienzos sobre  la piedra "vio y creyó". Jn  20, 8.

Después del acontecimiento de la resurrección dan comienzo las "apariciones" de Jesús resucitado. En Hech 13, 31 se dice "que se apareció durante muchos días", no a todos, sino a los que habían convivido con El. Quien se aparece es, ciertamente, Jesús de Nazaret; los apóstoles lo ven y lo tocan, Lc 24, 36.40; Jn 20, 19. 29; comen con Él, Lc 24, 29. Y está presente entre ellos no como un fantasma sino con su propio cuerpo. Lc 24, 37. Jn 20, 20. Jesús repite entre ellos el gesto de partir el pan, lo cual permite que le reconozcan, Lc  24, 30, s.s.

Jesús con sus apariciones cumplió varias funciones importantes en favor de sus discípulos, con los apóstoles a la cabeza.

1. La primera función que Jesús confirma en la fe a los discípulos dándose a conocer (la aparición concreta en sí).
2. La segunda, es el de consolar a los que estaban tristes por el "escándalo de la cruz".
3. La tercera, es instruir a los que habían olvidado sus enseñanzas. Lc 24, 25-27.
4. La cuarta, es unir  alrededor de El a los que habían sido dispersados por los acontecimientos del Viernes Santo.
5. Finalmente, antes de subir al cielo los envía a predicar el evangelio.
           
De aquí se siguen los siguientes aspectos: Jesús con sus apariciones nos enseña cómo:

- Infunde la fe a los que la han perdido
- Consuela a los que están tristes y escandalizados por la cruz
- Instruye a los que son ignorantes del Misterio Pascual
- Une a los que andan dispersos porque ha desaparecido su Pastor.
- Envía a sus apóstoles a evangelizar  todo el mundo.

Otro aspecto que podemos resaltar es la "delicadeza", la "atención" que Jesús Resucitado  tiene con sus discípulos débiles. Jesús sale al  encuentro de los suyos, de los que ama, tiene palabras de delicadeza y ternura, con María Magdalena, Jn 20, 15. "Le dice Jesús, Mujer, ¿Por qué lloras? ¿A quién buscas?, ella contestó...".

La aparición a las santas mujeres, que iban a embalsamar el cuerpo de Jesús enterrado a prisa en la tarde del Viernes Santo por la llegada del Sábado,  fueron las primeras en encontrar al Resucitado. Así ellas fueron las primeras mensajeras de la Resurrección de Cristo para los propios apóstoles; La aparición a los discípulos "desolados" de Emaús, también sale a su encuentro: "y mientras ellos conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó y siguió con ellos", Lc 24, 15. 
Sale también al encuentro de los Apóstoles en el cenáculo. Estos se asustan y Jesús con infinita paciencia y caridad les muestra los estigmas de las llagas de las manos y del costado, Lc 24, 36-43.
Finalmente la delicadeza que tiene con el Apóstol Tomás. Se aparece por segunda vez y Tomás presente y Jesús con bondad se dirige a Tomás y lo aproxima a sí y le hace tocar sus llagas, para que crea, y no sea incrédulo. Jn 20, 26-29.

También se le apareció a Pedro, aunque no sabemos cómo se realizó este encuentro. En todo ello Jesús se manifiesta con infinita sencillez y paciencia  a"los suyos", a los que le han seguido hasta el final. Jesús, el amigo fiel que no se olvida de los suyos.

Como testigos del Resucitado, los apóstoles son las piedras de fundación de su Iglesia. La fe de la primera comunidad de creyentes se funda en el testimonio de hombres concretos, conocidos de los cristianos y, para la mayoría, viviendo entre ellos todavía. Estos «testigos de la Resurrección de Cristo» son ante todo Pedro y los Doce, pero no solamente ellos: Pablo habla claramente de más de quinientas personas a las que se apareció Jesús en una sola vez, además de Santiago y de todos los apóstoles.

 

10.3. La Resurrección como acontecimiento trascendente, obra de la Santísima Trinidad

«¡Qué noche tan dichosa – se canta en la Pascua de la resurrección - sólo ella conoció el momento en que Cristo resucitó de entre los muertos!». En efecto, nadie fue testigo ocular del acontecimiento mismo de la Resurrección y ningún evangelista lo describe. Nadie puede decir cómo sucedió físicamente. Por eso, Cristo resucitado no se manifiesta al mundo sino a sus discípulos, «a los que habían subido con él desde Galilea a Jerusalén y que ahora son testigos suyos ante el pueblo» (Hech 13, 31).

La Resurrección de Cristo es objeto de fe en cuanto es una intervención trascendente de Dios mismo en la creación y en la historia. En ella, las tres Personas divinas actúan juntas a la vez y manifiestan su propia originalidad. Se realiza por el poder del Padre que «ha resucitado» (Hech 2, 24) a Cristo, su Hijo, y de este modo ha introducido de manera perfecta su humanidad - con su cuerpo - en la Trinidad. Jesús se revela definitivamente «Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por su resurrección de entre los muertos» (Rom 1, 3-4). S. Pablo insiste en la manifestación del poder de Dios por la acción del Espíritu que ha vivificado la humanidad muerta de Jesús y la ha llamado al estado glorioso de Señor.

En cuanto al Hijo, él realiza su propia Resurrección en virtud de su poder divino. Jesús anuncia que el Hijo del hombre deberá sufrir mucho, morir y luego resucitar (sentido activo del término). Por otra parte, él afirma explícitamente: «Doy mi vida, para recobrarla de nuevo... Tengo poder para darla y poder para recobrarla de nuevo» (Jn 10, 17-18). «Creemos que Jesús murió y resucitó» (1 Tes 4, 14).


10.4. Sentido y alcance salvífico de la Resurrección

«Si no resucitó Cristo, vana es nuestra predicación, vana también vuestra fe» (1 Cor 15, 14). La Resurrección constituye ante todo la confirmación de todo lo que Cristo hizo y enseñó. Todas las verdades, incluso las más inaccesibles al espíritu humano, encuentran su justificación si Cristo, al resucitar, ha dado la prueba definitiva de su autoridad divina según lo había prometido.

La Resurrección de Cristo es cumplimiento de las promesas del Antiguo Testamento y del mismo Jesús durante su vida terrenal. La expresión «según las Escrituras» indica que la Resurrección de Cristo cumplió estas predicciones.

La verdad de la divinidad de Jesús es confirmada por su Resurrección. El había dicho: «Cuando hayáis levantado al Hijo del hombre, entonces sabréis que Yo Soy» (Jn 8, 28). La Resurrección del Crucificado demostró que verdaderamente, él era «Yo Soy», el Hijo de Dios y Dios mismo. S. Pablo pudo decir a los judíos:«La Promesa hecha a los padres, Dios la ha cumplido en nosotros... al resucitar a Jesús, como está escrito en el salmo primero: "Hijo mío eres tú; yo te he engendrado hoy"» (Hech 13, 32-33).

La Resurrección de Cristo está estrechamente unida al misterio de la Encarnación del Hijo de Dios: es su plenitud según el designio eterno de Dios.

Hay un doble aspecto en el Misterio Pascual:

1. con su pasión y muerte nos libera del poder del pecado,
2. con su Resurrección nos abre el acceso a una nueva vida.

Esta es, en primer lugar, la justificación que nos devuelve a la gracia de Dios «a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos... así también nosotros vivamos una nueva vida» (Rm 6, 4). Consiste en la victoria sobre la muerte y el pecado y en la nueva participación en la gracia.

Con la resurrección se realiza, se nos otorga la verdadera filiación divina, somos hechos verdaderamente hijos de Dios, porque los hombres se convierten en hermanos de Cristo, como Jesús mismo llama a sus discípulos después de su Resurrección: «Id, avisad a mis hermanos» (Mt 28, 10; Jn 20, 17). Hermanos no por naturaleza, sino por don de la gracia, porque esta filiación adoptiva confiere una participación real en la vida del Hijo único, la que ha revelado plenamente en su Resurrección.

Por último, la Resurrección de Cristo - y el propio Cristo resucitado- es principio y fuente de nuestra resurrección futura: «Cristo resucitó de entre los muertos como primicia de los que durmieron... del mismo modo que en Adán mueren todos, así también todos revivirán en Cristo» (1 Cor15, 20-22). En la espera de que esto se realice, Cristo resucitado vive en el corazón de sus fieles. En Él los cristianos«saborean los prodigios del mundo futuro» (Hebr 6, 5) y su vida es arrastrada por Cristo al seno de la vida divina para que: “ya no vivan para sí los que viven, sino para aquel que murió y resucitó por ellos» (2 Cor 5, 15).
P. Ignacio Garro, S.J.

martes, 18 de agosto de 2015

PRUEBAS DE LA EXISTENCIA DE DIOS (III): LA FE Y LA CIENCIA, PREGUNTAS






Pregunta:. Son muchos los que piensan que la fe en Dios no puede casarse con la fe en la ciencia. ¿Qué opinan de esto? ¿Son mayoría o minoría los científicos creyentes?

Respuesta: Una de las cosas más llamativas de los últimos años en relación a la ciencia es el cambio que en ella se ha detectado respecto de la cuestión de Dios. Ya quedan atrás los tiempos en los que se usaba la ciencia contra la religión. Siglos atrás se defendía el determinismo más absoluto, pensando que la ciencia podría explicarlo todo, controlarlo todo y prescindir, lógicamente, de Dios. Uno recuerda los tiempos en los que se usaba la teoría de la evolución como arma contra la fe en Dios.

Las cosas han cambiado mucho. La filosofía actual parece una crisis de la que le costará levantarse, y ya no rige el ateísmo combativo de los Feuerbach, Marx, Freud, Niezsche y Sartre, sino el agnosticismo, propiciado por una filosofía que no conduce a ninguna parte. Ahí está la analítica del lenguaje como ejemplo. La filosofía, hoy en día, ya no ataca ni defiende a la religión, sencillamente porque ha perdido vigor, y reina en ella el escepticismo y la tristeza.

Pero es precisamente en la ciencia donde las cosas han cambiado a mejor, según mi parecer. De aquella ciencia arrogante del XVIII no queda ya nada, y la ciencia se está haciendo cada vez más humilde y abierta al problema de Dios.

Del Bing-Bang a la evolución
Uno de los elementos que más silencio y admiración están produciendo en el científico de hoy es el del Big Bang, la explosión inicial que ha dado origen al mundo de hoy. Los físicos han viajado a este momento inicial, el "tiempo cero" del estallido que ha dado origen a la expansión de las galaxias. Ello tuvo lugar en una fracción casi inimaginable de segundo, en la cifra equivalente a 10 de segundo, es decir, la cifra 1 precedida de 43 ceros. Y en este momento inicial todo estaba compuesto por una esfera que tenía el diámetro de 10 , millones y millones de veces más pequeña que el diámetro de un núcleo de átomo. Pues bien, todo el mundo actual procede de ese instante y de esa esfera.

Y las preguntas son ahora inevitables para los científicos: ¿qué había antes de ese momento inicial? ¿Es la creación? ¿Quién puso esa fuerza expansiva y la programó de tal modo que, si el más mínimo elemento hubiese fallado, habría conducido al más espantoso de los caos?

Si entramos ahora en el campo de la evolución, cada vez más los científicos se asombran del orden que reina en toda ella. Se han hecho cálculos para explicar el origen de una célula viva que está compuesta por una veintena de aminoácidos. Pero la función de los mismos depende de unas 2000 encimas específicas. Se ha calculado la probabilidad de que un millar de encimas diferentes se una para formar una célula viva y ello de la cifra de 10 . En palabras de F.Crick, premio Nobel de biología por el hallazgo del ADN, un hombre honesto tendría que aceptar que el origen de la vida se debe a un milagro.

Ya lo había dicho Pasteur en su tiempo: "Poca ciencia aleja de Dios. Mucha acerca a Él". Y no deja de ser curioso que la teoría de la evolución, usada en su día contra la fe, sólo se puede explicar en sus factores últimos si se cree en Dios. Su mano ordenadora explicaría lo que, de otro modo, quedaría sin explicación, toda vez que los científicos no encuentran una explicación suficiente. Ni la teoría de Darwin, hoy casi olvidada, ni la moderna teoría sintética que coloca en las mutaciones genéticas la causa del cambio de las especies, explican mucho. Las mutaciones genéticas que se conocen no cambian de especie, afectan sólo a caracteres secundarios y suelen ser regresivas. Hoy en día hay que creer en Dios para Explicar la evolución.
La fe de los científicos

Es un hecho que la mayoría de los científicos han sido creyentes. Lo fueron científicos clásicos como Copérnico, Galileo, Kepler, Newton, Lineo, Cuvier y Pasteur. Y han sido también creyentes los grandes de la física cuántica: Planck, Schrodiger, Heisenberg, Jordan, Von Braum y otros. Los científicos ateos, como Monod o Hawking, son una minoría.
Testimonios de científicos
El Dios está el principio de la reflexión de un creyente y al final de las investigaciones de un científico. (Novedades de Capellanía Universitaria de Navarra)


A. EINSTEIN: «A todo investigador profundo de la naturaleza no puede menos de sobrecogerle una especie de sentimiento religioso, porque le es imposible concebir que haya sido él el primero en haber visto las relaciones delicadísimas que contempla. A través del universo incomprensible se manifiesta una Inteligencia superior infinita».

Ch. DARWIN: «Jamás he negado la existencia de Dios. Pienso que la teoría de la evolución es totalmente compatible con la fe en Dios. El argumento máximo de la existencia de Dios, me parece, la imposibilidad de demostrar y comprender que el universo inmenso, sublime sobre toda medida, y el hombre, hayan sido frutos del azar».

N. COPÉRNICO: «¿Quién, que vive en íntimo contacto con el orden más consumado y la sabiduría divina, no se sentirá estimulado a las aspiraciones más sublimes? ¿Quién no adorará al Arquitecto de todas estas cosas?».

T. A. EDISON: «Mi máximo respeto y mi máxima admiración a todos los ingenieros, especialmente al mayor de todos ellos, que es Dios».

HATHAWAY: (padre del cerebro electrónico «La moderna física me enseña que la naturaleza no es capaz de ordenarse a sí misma. El universo supone una enorme masa de orden. Por eso requiere una Causa Primera, grande, que no está sometida a la segunda ley de la transformación de la energía y que, por lo mismo, es sobrenatural».

W. VON BRAUN: «Por encima de todo está la gloria de Dios, que creó el gran universo, que el hombre y la ciencia van escudriñando e investigando día tras día en profunda adoración».

A. M. AMPERE: «¡Cuán grande es Dios, y nuestra ciencia, una pequeñez!».

I. NEWTON: «Lo que sabemos es una gota, lo que ignoramos, un inmenso océano. La admirable disposición y armonía del universo no ha podido salir sino del plan de un Ser omnisciente y omnipotente».

K. F. GAUSS: «Cuando suene nuestra última hora, será grande e inefable nuestro gozo al ver a Quien en todo nuestro quehacer sólo hemos podido columbrar».

G. MARCONI: «Lo declaro con orgullo: soy creyente. Creo en el poder de la oración y creo no sólo como católico, sino como científico».

C. LINNEO: «He visto pasar de cerca al Dios eterno, infinito, omnisciente y omnipotente, y me he postrado de hinojos en adoración».

E. SCHRÖDINGER: (premio Nobel de Física, creador de la Mecánica Ondulatoria) «La obra maestra más fina es la hecha por Dios según los principios de la mecánica cuántica».

K. L. SCHLEICH: (célebre cirujano, descubridor de la anestesia local) «Me hice creyente por el microscopio y la observación de la naturaleza, y quiero, en cuanto esté a mi alcance, contribuir a la plena concordia entre la ciencia y la religión».

J. KEPLER: «Si Dios es grande, grande es su poder, grande su sabiduría. Alabadle, cielos y tierra. ¡Mi Señor y mi Creador! La magnificencia de tus obras quisiera yo anunciarla a los hombres en la medida en que mi limitada inteligencia puede comprenderla».

Sir Fred HOYLE: (gran astrónomo y matemático) «El universo de las galaxias se dilata, y se crea continuamente en el espacio nueva materia para mantener constante la densidad media del universo, y esto exige la existencia de un Creador».

A. S. EDDINGTON: (astrónomo y matemático inglés) «Ninguno de los inventores del ateísmo fue naturalista, sino filósofos mediocres. El origen del universo presenta dificultades insuperables, a no ser que lo consideremos sobrenatural».

J. barón VON LIEBIG: (químico y fisiólogo alemán) «La grandeza e infinita sabiduría del Creador la reconocerá realmente sólo el que se esfuerce por extraer sus ideas del gran libro que llamamos naturaleza».

E. WHITTAKER: (investigador y catedrático de la Universidad de Edimburgo) «Cuando se investiga profundamente sobre el origen del universo, no hay más opción que convertirse al catolicismo».

P. José Ramón Martínez Galdeano S.J.

sábado, 15 de agosto de 2015

Asunción de Cantillana

Bendice, alma mía, al Dios altísimo,
porque se ha dignado elevar en cuerpo
y alma hasta el cielo
a la humilde doncella de Nazaret.
Bendigan todas las creaturas al Padre
porque eligió a una mujer de nuestra raza,
para manifestar en ella la victoria
sobre la muerte y sobre la corrupción,
como primicia, junto con Cristo,
de nuestro destino.
Bendigan todos los redimidos a nuestro Señor Jesucristo,
porque en María, su Madre, asunta al cielo,
hace brillar en su esplendor todos
los efectos de la redención.
Bendigamos al Espíritu Santo,
que ha hecho llamear en el ser
de María de Nazaret
el fuego que no se consume
y la luz que nunca se apaga.
Que todas las creaturas, junto con María, alaben a Dios.


FIESTA DE LA ASUNCIÓN A LOS CIELOS DE MARÍA VIRGEN

Los cristianos celebramos tres grandes fiestas en honor a la Virgen María: la Inmaculada (8 de Diciembre), Santa María Madre de Dios (1 de Enero) y la Asunción (15 de Agosto). En el año 1950 el Papa Pio XII promulga el Dogma de la Asunción, pero tenemos documentos de que esta festividad ya era celebrada por los primeros cristianos. Aquí os dejos una homilía de Joshep Ratzinger (Papa Benedicto XVI) en el día de la festividad de la Asunción.

TE LLAMARAN BENDITA TODAS LAS GENERACIONES Isabel saluda a María con aquellas palabras con que la iglesia lo hace siempre (Lc 1,42). El «ave, María» tiene ya en el evangelio de Lucas el carácter de una fórmula de oración, en la que nosotros no escuchamos ya la voz de Isabel, sino, unidos con ella, la voz de la primitiva iglesia, que transmite ese saludo como una oración. Así, en esta escena, puede captarse la veneración viviente de la iglesia del nuevo testamento: la veneración de María es tan antigua como la iglesia misma, y Lucas nos dice que fue inspirada por el Espíritu santo, puesto que la fórmula en la que se expresa no es, para él, la invención de un hombre, sino donación del Espíritu de Dios. Ciertamente, si leemos el evangelio de nuevo, podemos afirmar todavía más: la veneración de María es un encargo confiado a la iglesia que se contiene en la Escritura, puesto que las palabras del Magnificat «He aquí que desde ahora me llamarán bendita todas las generaciones» se dirige a la iglesia de todas las épocas. Es una profecía que exige a los cristianos su cumplimiento, alabando a la llena de gracia.
En esta llamada a la iglesia venidera se halla asimismo, según el pensamiento estructurado del nuevo testamento, el contenido de esta fiesta: no puede ser alabado el que se encuentra bajo el dominio de la muerte. El Dios de los vivos no es glorificado por los muertos, sino por aquellos que viven a partir de él (cf. Mc 12,26s). Lucas explicó esta afirmación mediante otros dos recursos literarios. Mediante el modo como él entreteje las citas del antiguo testamento en el relato de la visita de María a Isabel, y en todo el denominado relato de la infancia, él caracteriza a María como el sagrado «resto» de Israel predicho por los profetas. Ella es, en persona, la hija de Sión llamada bendita y salvada definitivamente de todas las pruebas. Lo que se dice con ello quedará todavía más claro si se observa que Lucas establece un paralelo entre la madre del Señor con el arca de la alianza y que incluso la presenta como la auténtica y real arca de la alianza. Ella lleva en sí misma a la Palabra viviente. Ella es portadora de la palabra viva; antes de ser madre según el cuerpo, lo fue según el Espíritu, como dice muy acertadamente Agustín. En todos los demás, entre los hijos de Adán y Eva, el nacer, el misterio de la vida, es al mismo tiempo un misterio de muerte: la nueva vida presupone que lo viejo camina hacia la muerte. Pero el nacimiento de aquél que es la vida, no es un acontecimiento o hecho de muerte. No es otra cosa que la vida. El arca de la alianza es incorruptible...
De ahí pueden deducirse muchas aplicaciones. Pensemos sólo en una: David danza delante del arca (2 Sam 6,14), el niño Juan hace lo mismo en el seno materno, él se pone a danzar ante la verdadera arca del Señor. A la fe pertenece la alegría por la palabra hecha hombre, el «bailar» delante del arca, el estar alegre: bendita eres entre todas las mujeres y bendito el fruto de tu vientre: Jesús.
JOSEPH RATZINGER
EL ROSTRO DE DIOS

                                                  



viernes, 14 de agosto de 2015

SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS (VIII): REFLEXIONES DE SAN JUAN PABLO II SOBRE LAS LETANÍAS DEL 11 AL 15

11. Corazón de Jesús, abismo de todas las virtudes



JUAN PABLO II

ÁNGELUSDomingo 28 de julio de 1985


11. Décima primera Letanía: Corazón de Jesús, abismo de todas las virtudes, ten piedad de nosotros


1. Corazón de Jesús, "abismo de todas las virtudes"

Bajo el Corazón de la Madre fue concebido el Hombre. El Hijo de Dios fue concebido como Hombre. Para venerar el momento de esta concepción, es decir, el misterio de la Encarnación, nos unimos en la plegaria del Angelus Domini.

Bajo la luz del momento de la concepción, bajo la luz del misterio de la Encarnación miramos toda la vida de Jesús, nacido de María. Siguiendo las invocaciones de las Letanías, tratamos de describir en cierto sentido esta vida desde el interior: a través del Corazón.

2. El corazón decide de la profundidad del hombre. Y, en todo caso, indica la medida de esa profundidad, tanto en la experiencia interior de cada uno de nosotros, como en la comunicación interhumana. La profundidad de Jesucristo, indicada con la medida de su Corazón, es incomparable. Supera la profundidad de cualquier otro hombre, porque no es solamente humana, sino al mismo tiempo divina.

3. Esta divina humana profundidad del Corazón de Jesús es la profundidad de las virtudes: de todas las virtudes. Como un verdadero hombre Jesús expresa el lenguaje interior de su Corazón mediante las virtudes. En efecto, analizando su conducta se pueden descubrir e identificar todas estas virtudes, como históricamente emergen del conocimiento de la moral humana: las virtudes cardinales (prudencia, justicia, fortaleza y templanza) y las otras que derivan de ellas. (Estas virtudes las han poseído en grado elevado los santos y, si bien siempre con la gracia divina, los grandes genios del ethos humano).

4. La invocación de las Letanías habla de forma muy bella de un "abismo" de las virtudes de Jesús. Este abismo, esta profundidad, significa un grado especial de la perfección de cada una de las virtudes y su poder particular. Esta profundidad y poder de cada una de las virtudes proviene del amor. Cuanto más enraizadas están en el amor todas las virtudes, tanto mayor es su profundidad.

Hay que añadir que, además del amor, también la humildad decide de la profundidad de las virtudes. Jesús dijo: "Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón" (Mt 11, 29).

5. Al recitar el Angelus Domini recemos a María para que nos acerque cada vez más al Corazón de su Hijo. Para que nos ayude a aprender de Él, de sus virtudes.

12. Corazón de Jesús, dignísimo de toda alabanza



JUAN PABLO II

ÁNGELUS

Domingo 4 de agosto de 1985


12. Décima Segunda Letanía: Corazón de Jesús, dignísimo de toda alabanza, ten piedad de nosotros


1. Queridos hermanos y hermanas:

Nos encontramos reunidos para venerar ese momento único en la historia del universo en el que Dios-Hijo se hace hombre bajo el Corazón de la Virgen de Nazaret.

Es el momento de la Anunciación que refleja la oración del "Angelus Domini"; "Concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. Él será... llamado Hijo del Altísimo" (Lc 1, 31-32).
María dice: "Hágase en mí según tu palabra" (Lc 1, 38).

Y desde aquel momento su Corazón se prepara a acoger al Dios-Hombre: ¡"Corazón de Jesús, dignísimo de toda alabanza"!

2. Nos unimos con la Madre de Dios para adorar a este Corazón del Hombre que, mediante el misterio de la unión hipostática (unión de las naturalezas), es al mismo tiempo el Corazón de Dios.

Tributamos a Dios la adoración debida al Corazón de Cristo Jesús, desde el primer momento de su concepción en el seno de la Virgen.

Junto con María le tributamos la misma adoración en el momento del nacimiento: cuando vino al mundo en la extrema pobreza de Belén. Le tributamos la misma adoración, junto con María, durante todos los días y los años de su vida oculta en Nazaret, durante todos los días y los años en los que cumple su servicio mesiánico en Israel.

Y cuando llega el tiempo de la pasión, del despojamiento, de la humillación y del oprobio de la cruz, nos unimos todavía más ardientemente al Corazón de la Madre para gritar: ¡"Corazón de Jesús, dignísimo de toda alabanza"!

Sí. ¡Dignísimo de toda alabanza precisamente a causa de este oprobio y humillación! En efecto, entonces el Corazón del Redentor alcanza el culmen del amor de Dios.

¡Y precisamente el Amor es digno de toda alabanza!

Nosotros "no nos gloriaremos a no ser en la cruz de nuestro Señor Jesucristo" (cf. Gál 6, 14), escribirá San Pablo, mientras San Juan enseña: "Dios es amor" (1 Jn 4, 8).

3. Jesucristo está en la gloria de Dios Padre. De esta gloria el Padre rodeó en el Espíritu Santo, el Corazón de su Hijo glorificado. Esta gloria anuncia en los siglos la asunción al cielo del Corazón de su Madre. Y todos nosotros nos unimos con Ella para confesar: "Corazón de Jesús, dignísimo de toda alabanza, ten piedad de nosotros".

13. Corazón de Jesús, rey y centro de todos los corazones



JUAN PABLO II

ÁNGELUSDomingo 25 de agosto de 1985



13. Décima tercera Letanía: Corazón de Jesús, rey y centro de todos los corazones, ten piedad de nosotros


1. "Corazón de Jesús, / rey y centro de todos los corazones".

Jesucristo es rey de los corazones. Sabemos que durante su actividad mesiánica en Palestina el pueblo, al ver los signos que hacía, quiso proclamarlo rey.

Veía en Cristo un justo heredero de David, que durante su reino llevó a Israel al culmen del esplendor.

2. Sabemos también que ante el tribunal de Pilato Jesús de Nazaret, a la pregunta: "¿Tú eres rey... ?" respondió: "Mi reino no es de este mundo... Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz" (Jn 18, 33. 36-37).

3. En este mundo Cristo es rey de los corazones. Nunca quiso ser soberano temporal, ni siquiera sobre el trono de David.

Sólo deseó ese reino que no es de este mundo y que, al mismo tiempo, en este mundo se arraiga por medio de la verdad en los corazones humanos: en el hombre interior.

Por este reino anunció el Evangelio e hizo grandes signos. Por este reino, el reino de los hijos y de las hijas adoptivos de Dios, dio su vida en la cruz.

4. Y confirmó de nuevo este reino con su resurrección, dando el Espíritu Santo a los Apóstoles y a los hombres en la Iglesia.

De este modo Jesucristo es el rey centro de todos los corazones.

Reunidos en Él por medio de la verdad, nos acercamos a la unión del reino, donde Dios "enjugará toda lágrima" (Ap 7, 17), porque será "todo en todos" (1 Cor 15, 28)

5. Hoy, reunidos para la acostumbrada plegaria dominical del Ángelus Domini, elevamos ―juntamente con la Madre de Dios― al Corazón de su Hijo la invocación: "Corazón de Jesús, rey y centro de todos los corazones, ten piedad de mí"

Que el Corazón Inmaculado de María guíe nuestra oración, la cual hoy es de acción de gracias al Señor: por el reciente viaje apostólico a África.

Doy las gracias cordialmente, por la acogida que me han dispensado, a los Presidentes de los distintos países, a los obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas y a las buenas poblaciones africanas.

Vaya a todos la expresión de mi viva gratitud.

14. Corazón de Jesús, en el que están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia



JUAN PABLO II


ÁNGELUS

Domingo 1 de septiembre de 1985


14. Décima cuarta Letanía: Corazón de Jesús, en el que están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia, ten piedad de nosotros


1. "Corazón de Jesús, en el que están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia".

Esta invocación de las letanías del Sagrado Corazón, tomada de la Carta a los Colosenses (2, 3), nos hace comprender la necesidad de ir al Corazón de Cristo para entrar en la plenitud de Dios.

2. La ciencia, de la que se habla, no es la ciencia que hincha (cf. 1 Cor 8, 2), fundada en el poder humano. Es sabiduría divina, un misterio escondido durante siglos en la mente de Dios, Creador del universo (Ef 3, 9). Es una ciencia nueva, escondida a los sabios y a los entendidos del mundo, pero revelada a los pequeños (Mt 11, 25), ricos en humildad, sencillez, pureza de corazón.

Esta ciencia y esta sabiduría consisten en conocer el misterio de Dios invisible, que llama a los hombres a ser partícipes de su divina naturaleza y los admite a la comunión con Él.

3. Nosotros sabemos estas cosas porque Dios mismo se ha dignado revelárnoslas por medio del Hijo, que es sabiduría de Dios (1 Cor 1, 24).

Todas las cosas que hay en la tierra y en los cielos, han sido creadas por medio de Él y para Él (Col 1, 16). La sabiduría de Cristo es más grande que la de Salomón (Lc 11, 31). Sus riquezas son inescrutables (Ef 3, 8). Su amor sobrepasa todo conocimiento. Pero con la fe somos capaces de comprender, juntamente con todos los santos, su anchura, su largura, altitud y profundidad (Ef 3, 18).

Al conocer a Jesús, conocemos también a Dios. El que le ve a Él, ve al Padre (Jn 14, 9). Con Él apareció el amor de Dios en nuestros corazones (Rom. 5, 5).

4. La ciencia humana es como el agua de nuestras fuentes: quien la bebe, vuelve a tener sed. La sabiduría y la ciencia de Jesús, en cambio, abren los ojos de la mente, mueven el corazón en la profundidad del ser y engendran al hombre en el amor trascendente; liberan de las tinieblas del error, de las manchas del pecado, del peligro de la muerte, y conducen a la plenitud de la comunión de esos bienes divinos, que trascienden la comprensión de la mente humana (Dei Verbum, 6).

5. Con la sabiduría y la ciencia de Jesús, nos arraigamos y fundamentamos en la caridad (Ef 3, 17). Se crea el hombre nuevo, interior, que pone a Dios en el centro de su vida y a sí mismo al servicio de los hermanos.
Es el grado de perfección que alcanza María, Madre de Jesús y Madre nuestra; ejemplo único de criatura nueva, enriquecida con la plenitud de gracia y dispuesta a cumplir la voluntad de Dios: "He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra". Y por esto, nosotros la invocamos como "Trono de la Sabiduría".
Al rezar el Ángelus, pidámosla que nos haga como Ella y como su Hijo.

15. Corazón de Jesús, en el que habita toda la plenitud de la divinidad



JUAN PABLO II


ÁNGELUSDomingo 15 de septiembre de 1985


15. Décima quinta Letanía: Corazón de Jesús, en el que habita toda la plenitud de la divinidad, ten piedad de nosotros

1. "Corazón de Jesús en el que habita toda la plenitud de la divinidad".

Desde el mes de junio, durante los domingos del verano, nuestra oración del "Ángelus" saca temas de reflexión de las letanías del Sagrado Corazón de Jesús.

Nos detenemos sobre cada una de las invocaciones y meditamos la gran riqueza de contenido que en ellas se encierra. Es una fuente de inspiración para nuestra vida interior: para nuestra relación con el misterio de Jesucristo.

2. Ayer, mediante la solemnidad de la Exaltación de la Santa Cruz, la Iglesia entera se abrió una vez más hacia este Corazón en el que "habita toda la plenitud de la divinidad".

El misterio de Cristo: Dios-Hombre, tiene una elocuencia particular, cuando miramos a la Cruz: ¡he aquí el hombre! ¡He aquí el Crucificado!, ¡He aquí al Hombre totalmente despojado! ¡He aquí al Hombre "destrozado a causa de nuestros pecados"! ¡He aquí al Hombre "cubierto de oprobios"!

Y, al mismo tiempo: ¡he aquí al Hombre-Dios! En Él habita toda la plenitud de la divinidad. ¡De la misma naturaleza que el Padre! Dios de Dios. Luz de luz. Engendrado, no creado. El Verbo Eterno. Uno en la divinidad con el Padre y con el Espíritu Santo.

3. Cuando el centurión en el Gólgota, traspasó con una lanza el Crucificado, de su costado salió sangre y agua. Este es el signo de la muerte. El signo de la muerte humana del Dios Inmortal.

4. Al pie de la Cruz se encuentra la Madre. La Madre Dolorosa. La recordamos al día siguiente de la Exaltación de la Cruz. Cuando el costado de Cristo fue traspasado por la lanza del centurión se cumplió en Ella la profecía de Simeón: "Y a ti una espalda te traspasará el alma" (Lc 2, 25).

Las palabras del profeta son un anuncio de la definitiva alianza de los Corazones: del Hijo y de la Madre, de la Madre y del Hijo. "Corazón de Jesús, en el que habita toda la plenitud de la divinidad". Corazón de María ―Corazón de la Virgen Dolorosa― Corazón de la Madre de Dios.

¡Que nuestra oración a la hora del "Angelus Domini" se una hoy a esa admirable alianza de los Corazones!

jueves, 13 de agosto de 2015

JESÚS DE NAZARET (VIII): MISTERIO PASCUAL DE CRISTO








 La entrada mesiánica de Jesús en Jerusalén

¿Cómo va a acoger Jerusalén a su Mesías? Jesús rehuyó siempre las tentativas populares de hacerle rey, pero elige el momento y prepara los detalles de su entrada mesiánica en la ciudad de «David, su padre» (Lc 1, 32). Es aclamado como hijo de David, el que trae la salvación: ¡Hosanna!, quiere decir «¡sálvanos!», «¡Danos la salvación!».
Pues bien, el «Rey de la Gloria» (Sal 24, 7-10) entra en su ciudad«montado en un asno» (Zac 9, 9): no conquista a la hija de Sión, figura de su Iglesia, ni por la astucia ni por la violencia, sino por la humildad que da testimonio de la Verdad. 

Por eso los súbditos de su Reino, aquel día fueron los niños y los «pobres de Dios», que le aclamaban como los ángeles lo anunciaron a los pastores. Su aclamación, «Bendito el que viene en el nombre del Señor»(Sal 118, 26), ha sido recogida por la Iglesia en el «Sanctus» de la liturgia eucarística para introducir al memorial de la Pascua del Señor.



9. El Misterio Pascual de Cristo
«Jesucristo padeció bajo el poder de Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado, y resucuitó al tercer día»

9.1. El proceso de Jesús

Decíamos que Jesús murió crucificado y su sacrificio fue designio divino de salvación y ofrecimiento voluntario de Sí mismo al Padre por nuestros pecados. Estamos en pleno comienzo de la Pascua de Cristo, es decir, el “paso” de este mundo al Padre. Cristo es el verdadero Cordero que quita el pecado del mundo. Él se ofreció como víctima propiciatoria al Padre a favor de los hombres.

Divisiones de las autoridades judías respecto a Jesús. Entre las autoridades religiosas de Jerusalén, no solamente el fariseo Nicodemo, o el notable José de Arimatea eran en secreto discípulos de Jesús  sino que durante mucho tiempo hubo disensiones a propósito de El hasta el punto de que en la misma víspera de su pasión, S. Juan pudo decir de ellos que«un buen número creyó en él», aunque de una manera muy imperfecta (Jn 12, 42).

Eso no tiene nada de extraño si se considera que al día siguiente de Pentecostés «multitud de sacerdotes iban aceptando la fe» (Hech 6, 7) y que «algunos de la secta de los fariseos... habían abrazado la fe» (Hech 15, 5) hasta el punto de que Santiago puede decir a S. Pablo que «miles y miles de judíos han abrazado la fe, y todos son celosos partidarios de la Ley» (Hch 21, 20).


9.2. La muerte redentora de Cristo en el designio divino de salvación

a.- «Jesús entregado según el preciso designio de Dios»

La muerte violenta de Jesús no fue fruto del azar en una desgraciada constelación de circunstancias. Pertenece al misterio del designio de Dios, como lo explica S. Pedro a los judíos de Jerusalén ya en su primer discurso de Pentecostés: «Fue entregado según el determinado designio y previo conocimiento de Dios» (Hech 2, 23). Este lenguaje bíblico no significa que los que han «entregado a Jesús» (Hech 3, 13) fuesen solamente ejecutores pasivos de un drama escrito de antemano por Dios.

Para Dios todos los momentos del tiempo están presentes en su actualidad. Por tanto establece su designio eterno de «predestinación» incluyendo en él la respuesta libre de cada hombre a su gracia: «Sí, verdaderamente, se han reunido en esta ciudad contra tu santo siervo Jesús, que tú has ungido, Herodes y Poncio Pilato con las naciones gentiles y los pueblos de Israel, de tal suerte que ellos han cumplido todo lo que, en tu poder y tu sabiduría habías predestinado» (Hech 4, 27-28). Dios ha permitido los actos nacidos de su ceguera para realizar su designio de salvación


b.- «Muerto por nuestros pecados según las Escrituras»

Este designio divino de salvación a través de la muerte del «Siervo, el Justo» (Is 53, 11) había sido anunciado antes en la Escritura como un misterio de redención universal, es decir, de rescate que libera a los hombres de la esclavitud del pecado.   S. Pablo profesa en una confesión de fe que dice haber «recibido» (1 Cor 15, 3) que «Cristo ha muerto por nuestros pecados según las Escrituras».  

La muerte redentora de Jesús cumple, en particular, la profecía del Siervo doliente. Jesús mismo presentó el sentido de su vida y de su muerte a la luz del Siervo doliente. Después de su Resurrección dio esta interpretación de las Escrituras a los discípulos de Emaús, luego a los propios apóstoles.


c.- «Dios le hizo pecado por nosotros»

En consecuencia, S. Pedro pudo formular así la fe apostólica en el designio divino de salvación: «Habéis sido rescatados de la conducta necia heredada de vuestros padres, no con algo caduco, oro o plata, sino con una sangre preciosa, como de cordero sin tacha y sin mancilla, Cristo, predestinado antes de la creación del mundo y manifestado en los últimos tiempos a causa de vosotros» (1 P 1, 18-20). Los pecados de los hombres, consecuencia del pecado original, están sancionados con la muerte.  

Al enviar a su propio Hijo en la condición de esclavo, la de una humanidad caída y destinada a la muerte a causa del pecado, «a quien no conoció pecado, Dios le hizo pecado por nosotros, para que viniésemos a ser justicia de Dios en él» (2 Cor 5, 21).

Jesús no conoció la reprobación como si él mismo hubiese pecado. Pero, en el amor redentor que le unía siempre al Padre, nos asumió desde el alejamiento con relación a Dios por nuestro pecado hasta el punto de poder decir en nuestro nombre en la cruz: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mc 15, 34; Sal 22, 2).   Al haberle hecho así solidario con nosotros, pecadores, «Dios no perdonó ni a su propio Hijo, antes bien le entregó por todos nosotros» (Rm 8, 32) para que fuéramos«reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo» (Rm 5, 10).


9.3. Cristo se ofreció a su Padre por nuestros pecados

El primer Adán en su soberbia “quiso ser como dios” desobedeció el mandato de Dios y pecó gravemente, con su pecado entró la muerte y la desgracia en todo el género humano. Cristo el nuevo Adán, es el Siervo de Yahveh que obedece al Padre y entrega su vida al Padre en favor de todo el género humano. Cristo ofrece en la cruz su vida libremente en favor de todo el género humano. Dios Padre se reconcilia con todo el género humano por medio de su hijo Jesucristo. Cristo con su muerte destruyó la malicia y la maldad del pecado y con su resurrección nos otorgó una nueva vida, a saber: la filiación divina.

Así, donde en Adán  hubo: soberbia, Cristo tuvo: la  humildad del Siervo de Yahveh. Donde hubo desobediencia de Adán, en Cristo hubo “obediencia hasta la muerte y muerte de cruz”. Donde en Adán hubo pecado Cristo nos otorgó la gracia de hijos de Dios. Con Adán entró la muerte, Cristo nos otorgó la verdadera vida.


9.4. Toda la vida de Cristo es ofrenda al Padre

El Hijo de Dios «bajado del cielo no para hacer su voluntad sino la del Padre que le ha enviado» (Jn 6, 38), «al entrar en este mundo, dice: ... He aquí que vengo... para hacer,¡oh Dios, tu voluntad! ... En virtud de esta voluntad somos santificados, merced a la oblación de una vez para siempre del cuerpo de Jesucristo» (Hebr 10, 5-10). Desde el primer instante de su Encarnación el Hijo acepta el designio divino de salvación en su misión redentora: «Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra» (Jn 4, 34).   El sacrificio de Jesús «por los pecados del mundo entero» (1 Jn 2, 2), es la expresión de su comunión de amor con el Padre: «El Padre me ama porque doy mi vida» (Jn 10, 17).«El mundo ha de saber que amo al Padre y que obro según el Padre me ha ordenado» (Jn 14, 31).

Este deseo de aceptar el designio de amor redentor de su Padre anima toda la vida de Jesús porque su Pasión redentora es la razón de ser de su Encarnación: «¡Padre, líbrame de esta hora! Pero ¡si he llegado a esta hora para esto!» (Jn 12, 27). «El cáliz que me ha dado el Padre ¿no lo voy a beber?» (Jn 18, 11). Y todavía en la cruz, antes de que «todo esté cumplido» (Jn 19, 30), dice: «Tengo sed» (Jn 19, 28).


9.5. «El cordero que quita el pecado del mundo»

Juan Bautista, después de haber aceptado bautizarle en compañía de los pecadores, vio y señaló a Jesús como el «Cordero de Dios que quita los pecados del mundo» (Jn 1, 29). Manifestó así que Jesús es a la vez el Siervo doliente que se deja llevar en silencio al matadero (Is 53, 7) y carga con el pecado de las multitudes, y el cordero pascual símbolo de la redención de Israel cuando celebró la primera Pascua (Ex 12, 3-14). Toda la vida de Cristo expresa su misión: «Servir y dar su vida en rescate por muchos» (Mc 10, 45)

9.6. Jesús acepta libremente el amor redentor del Padre

Jesús, al aceptar en su corazón humano el amor del Padre hacia los hombres, «los amó hasta el extremo» (Jn 13, 1), porque «nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos» (Jn 15, 13). Tanto en el sufrimiento como en la muerte, su humanidad se hizo el instrumento libre y perfecto de su amor divino que quiere la salvación de los hombres.  

En efecto, aceptó libremente su pasión y su muerte por amor a su Padre y a los hombres que el Padre quiere salvar: «Nadie me quita la vida; yo la doy voluntariamente» (Jn 10, 18). De aquí la soberana libertad del Hijo de Dios cuando El mismo se encamina hacia la muerte.

9.7. Jesús anticipó en la cena la ofrenda libre de su vida

Jesús expresó de forma suprema la ofrenda libre de sí mismo en la cena tomada con los Doce Apóstoles, en «la noche en que fue entregado» (1 Cor 11, 23). En la víspera de su Pasión, estando todavía libre, Jesús hizo de esta última Cena con sus apóstoles el memorial de su ofrenda voluntaria al Padre, por la salvación de los hombres: «Este es mi Cuerpo que va a ser entregado por vosotros» (Lc 22, 19). «Esta es mi sangre de la Alianza que va a ser derramada por muchos para remisión de los pecados» (Mt 26, 28).

La Eucaristía que instituyó en este momento será el «memorial» de su sacrificio. Jesús incluye a los apóstoles en su propia ofrenda y les manda perpetuarla. Así Jesús instituye a sus apóstoles sacerdotes de la Nueva Alianza: «Por ellos me consagro a mí mismo para que ellos sean también consagrados en la verdad» (Jn 17, 19).

9.8. La agonía de Getsemaní

El cáliz de la Nueva Alianza que Jesús anticipó en la Cena al ofrecerse a sí mismo, lo acepta a continuación de manos del Padre en su agonía de Getsemaní haciéndose «obediente hasta la muerte» (Filp 2, 8). Jesús ora:«Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz...» (Mt 26, 39). Expresa así el horror que representa la muerte para su naturaleza humana. Esta, en efecto, como la nuestra, está destinada a la vida eterna; además, a diferencia de la nuestra, está perfectamente exenta de pecado que es la causa de la muerte, pero sobre todo está asumida por la persona divina del «Príncipe de la Vida» (Hech 3, 15), de «el que vive»(Apoc 1, 18). Al aceptar en su voluntad humana que se haga la voluntad del Padre, acepta su muerte como redentora para «llevar nuestras faltas en su cuerpo sobre el madero» (1 Petr 2, 24).


9.9. La muerte de Cristo es el sacrificio único y definitivo

La muerte de Cristo es a la vez el sacrificio pascual que lleva a cabo la redención definitiva de los hombres por medio del «cordero que quita el pecado del mundo» (Jn 1, 29) y el sacrificio de la Nueva Alianza que devuelve al hombre a la comunión con Dios reconciliándole con El por «la sangre derramada por muchos para remisión de los pecados» (Mt 26, 28). Este sacrificio de Cristo es único, da plenitud y sobrepasa a todos los sacrificios. Ante todo es un don del mismo Dios Padre: es el Padre quien entrega al Hijo para reconciliarnos consigo. Al mismo tiempo es ofrenda del Hijo de Dios hecho hombre que, libremente y por amor, ofrece su vida a su Padre por medio del Espíritu Santo, para reparar nuestra desobediencia.

9.10. Jesús reemplaza nuestra desobediencia por su obediencia

«Como por la desobediencia de un solo hombre, todos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno solo todos serán constituidos justos» (Rm 5, 19). Por su obediencia hasta la muerte, Jesús llevó a cabo la sustitución del Siervo doliente que «se dio a sí mismo en expiación», «cuando llevó el pecado de muchos», a quienes «justificará y cuyas culpas soportará». Jesús repara por nuestras faltas y satisface al Padre por nuestros pecados.

9.11. En la cruz, Jesús consuma su sacrificio

El «amor hasta el extremo» (Jn 13, 1) es el que confiere su valor de redención y de reparación, de expiación y de satisfacción al sacrificio de Cristo. Nos ha conocido y amado a todos en la ofrenda de su vida. «El amor de Cristo nos apremia al pensar que, si uno murió por todos, todos por tanto murieron» (2 Cor 5, 14). Ningún hombre aunque fuese el más santo estaba en condiciones de tomar sobre sí los pecados de todos los hombres y ofrecerse en sacrificio por todos. La existencia en Cristo de la persona divina del Hijo, que al mismo tiempo sobrepasa y abraza a todas las personas humanas, y que le constituye Cabeza de toda la humanidad, hace posible su sacrificio redentor por todos. «Por su sacratísima pasión en el madero de la cruz nos mereció la justificación», enseña el Concilio de Trento subrayando el carácter único del sacrificio de Cristo como«causa de salvación eterna» (Hb 5, 9). Y la Iglesia venera la Cruz cantando: «Salve, oh cruz, única esperanza».

9.12. Nuestra participación en el sacrificio de Cristo

La Cruz es el único sacrificio de Cristo «único mediador entre Dios y los hombres» (1 Tim 2, 5). Pero, porque en su Persona divina encarnada, «se ha unido en cierto modo con todo hombre». El «ofrece a todos la posibilidad de que, en la forma de Dios sólo conocida, se asocien a este misterio pascual». El llama a sus discípulos a «tomar su cruz y a seguirle»(Mt 16, 24) porque El «sufrió por nosotros dejándonos ejemplo para que sigamos sus huellas» (1 Ptr 2, 21).   El quiere, en efecto, asociar a su sacrificio redentor a aquellos mismos que son sus primeros beneficiarios. Eso lo realiza en forma excelsa en su Madre, asociada más íntimamente que nadie al misterio de su sufrimiento redentor. Fuera de la Cruz no hay otra escala por donde subir al cielo.


9.13. Jesucristo fue sepultado  

«Por la gracia de Dios, gustó la muerte para bien de todos» (Hebr 2, 9). En su designio de salvación, Dios dispuso que su Hijo no solamente «muriese por nuestros pecados» (1 Cor 15, 3), sino también que «gustase la muerte», es decir, que conociera el estado de muerte, el estado de separación entre su alma y su cuerpo, durante el tiempo comprendido entre el momento en que El expiró en la Cruz y el momento en que resucitó.

Este estado de Cristo muerto es el misterio del sepulcro y del descenso a los infiernos. Es el misterio del Sábado Santo en el que Cristo depositado en la tumba  manifiesta el gran reposo sabático de Dios después de realizar la salvación de los hombres, que establece en la paz al universo entero, después de realizar la salvación de los hombres, que establece en la paz al universo entero. La permanencia de Cristo en el sepulcro constituye el vínculo real entre el estado pasible de Cristo antes de Pascua y su actual estado glorioso de resucitado. Es la misma persona de «El que vive» que puede decir: «estuve muerto, pero ahora estoy vivo por los siglos de los siglos» (Apoc 1, 18).

Dios [el Hijo] no impidió a la muerte separar el alma del cuerpo, según el orden necesario de la naturaleza, pero los reunió de nuevo, uno con otro, por medio de la Resurrección, a fin de ser El mismo en persona el punto de encuentro de la muerte y de la vida deteniendo en El la descomposición de la naturaleza que produce la muerte y resultando El mismo el principio de reunión de las partes separadas.

Ya que el «Príncipe de la vida que fue llevado a la muerte» (Hech 3, 15) es al mismo tiempo «el Viviente que ha resucitado», era necesario que la persona divina del Hijo de Dios haya continuado asumiendo su alma y su cuerpo separados entre sí por la muerte. Por el hecho de que en la muerte de Cristo el alma haya sido separada de la carne, la persona única no se encontró dividida en dos personas; porque el cuerpo y el alma de Cristo existieron por la misma razón desde el principio en la persona del Verbo; y en la muerte, aunque separados el uno de la otra, permanecieron cada cual con la misma y única persona del Verbo.


9.14. «Sepultados con Cristo...»

El Bautismo, cuyo signo original y pleno es la inmersión, significa eficazmente la bajada del cristiano al sepulcro muriendo al pecado con Cristo para una nueva vida:   «Fuimos, pues, con él sepultados por el bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva» (Rm 6, 4).

9.15. Cristo descendió a los infiernos

En cuanto a la expresión "descendió a los infiernos", hay que entenderla de esta manera: "y descendió al lugar de los muertos", es decir, el"Scheol", con esta palabra hebrea, la teología del A T designaba el lugar donde descansaban las almas de todos los seres muertos desde Adán hasta el día del juicio final. ¿Qué le sucedió a Cristo en el intervalo comprendido entre la muerte (Viernes santo a mediodía) y la Resurrección (madrugada del domingo). Decimos en el Credo que Jesús descendió, después de su muerte, al infierno, o al lugar de los muertos. Ahora bien, con su cuerpo no pudo descender pues estaba en el sepulcro enterrado, luego tuvo que descender al lugar de los muertos con su alma unida a la divinidad de la Persona del Verbo.

¿Qué significa esta bajada de Cristo a los infiernos afirmada desde los orígenes? No hay duda de que quiere indicar lo que se produjo inmediatamente después de la muerte de Jesús, pero lo hace por medio de una representación gráfica que necesita interpretación. La situación personal de Cristo en el momento de la bajada a los infiernos está descrita en la Primera carta de S. Pedro: "pues, también Cristo, para llevarnos a Dios, murió una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, muerto en la carne, vivificado en el espíritu. En el espíritu fue también a predicar a los espíritus encarcelados, en otro tiempo incrédulos, cuando les esperaba la paciencia de Dios, en los días en que Noé construía el arca, en la que unos pocos, ocho personas, fueron salvados a través de las aguas". l Petr 3, 18-20.
Tal como se le describe en este pasaje, Cristo se encuentra, por consiguiente, en el estado característico de la muerte; todavía no ha vencido a esa muerte en su carne, lo que se producirá cuando salga victorioso de la tumba. Por eso la mayor parte de los exegetas que, según el texto de Pedro, la bajada a los infiernos precedió a la Resurrección. Sobre el descenso de Cristo a los infiernos = "scheol", palabra hebrea que designa la estancia de los muertos. Esta doctrina de la Iglesia tiene un fundamento escriturístico referido a Cristo en Hech 2, 27: "... de que no abandonarás mi alma en el Hades ni permitirás que tu santo experimente la corrupción". Este pasaje se sitúa en el contexto que pone de relieve la victoria de Cristo. Pablo dice en Col 1, 18: "primogénito de entre los muertos...", Rom 10, 6-7; Efes 4 8-10.

Y luego precisa que Cristo descendió, no al infierno como lugar definitivo de los condenados, sino al infierno donde los justos están retenidos:"Scheol", en hebreo = lugar de los muertos; "Hades", en griego = morada de los muertos, palabra o término empleado por la traducción de los LXX para traducir del hebreo la palabra "Scheol". Aunque Cristo no estuvo en el infierno de los condenados por su esencia divina, su acción irradió en él confundiendo a los condenados por su incredulidad y su malicia.

Así, pues, en su descenso a los infiernos, Cristo por la virtud de su pasión, libró a los justos, los cuáles no podían entrar en la vida de la gloria eterna a causa del pecado de Adán. Si las almas de los justos del Antiguo Testamento llegaron a la gloria celestial, fue gracias a los méritos de la pasión y muerte de Cristo. El descenso de Cristo a los infiernos fue como una acto de iluminación a fin de mostrar a las almas de los justos su poder salvífico visitándolos y derramando sobre ellos su luz. Por eso el descenso de Cristo a los infiernos está en estrecha conexión universalidad de la redención.

El valor de esta afirmación aparece inmediatamente: la bajada a los infiernos nos garantiza que Cristo ha conocido verdaderamente la muerte. Si no hubiera existido ese periodo intermedio, y si la Resurrección hubiera sucedido en el acto, al último suspiro de Jesús, se habría podido dudar de la realidad de su muerte. La bajada a los infiernos demuestra que el final de su vida no ha sido una especie de paso fugaz con el que simplemente habría rozado la muerte humana, y eso fue el límite extremo de su humillación.


9.16. La obra de Cristo en su descenso a los infiernos
"Predicación" y liberación: ¿Cuáles son los "espíritus encarcelados"hacia los cuales Cristo se dirigió para predicarles?

Hasta ahora hemos supuesto que eran difuntos. Los espíritu encarcelados son, pues, las almas de los difuntos que en la tradición judía eran consideradas como el ejemplo de la incredulidad más obstinada, aquellas que habían resistido a la predicación de Noé antes del diluvio. Se encuentran en prisión, esto es, no solamente en la residencia de los muertos, sino también en las cadenas de su pecado de insubordinación, en una verdadera cautividad.
La prisión implica, en efecto, que no se encuentran simplemente en una situación de espera sino de una cierta punición. Su destino se describe y contrasta con el de las ocho personas que se salvaron del agua entre los contemporáneos del diluvio. Así pues, los "espíritus encarcelados" son las almas que, en el momento en que Cristo se dirige hacia ellos, parecen estar todavía bajo dominio de su culpabilidad.

Ahora bien, ¿la conversión no es algo imposible a unas almas que se encuentran en el más allá? ¿Hay que limitarse, pues, a la interpretación según la cual Cristo descendió a los infiernos para llevar a los justos la buena nueva de la salvación y liberarlos? A primera vista, esta interpretación parece expresar toda la fuerza del texto, pues éste habla de"predicación". Esa predicación no va dirigida a los justos, sino a culpables, a incrédulos obstinados. A pesar de todo, el  texto, tal y como se nos presenta, nos sugiere la idea de una conversión.

Conclusión: Para precisar el significado de la bajada de Cristo a los infiernos, hay que despojarla de la imagen con que se la representa: esta bajada significa que Cristo ha pasado verdaderamente por el estado de la muerte, estado de abajamiento en que el alma es separada del cuerpo. Sin embargo, según la primera epístola de Pedro, ese estado coincide con una vivificación espiritual: el alma de Cristo ha sido inmediatamente glorificada, y para la humanidad entera, esa glorificación, que se produjo en el instante de la muerte, es el acontecimiento capital, que comporta la concesión de la gloria celestial a todas las almas de los justos.

Para terminar, observemos que se puede plasmar el sentido de la bajada a los infiernos en el marco litúrgico, como un paso de la Pascua judía (Antigua Alianza)  a la fiesta cristiana de la Pascua de Cristo, (Nueva Alianza).  Cristo murió en el momento en que iba a comenzar la Pascua judía. Pascua que coincidía con el día sábado.

La Pascua era la fiesta de la liberación del pueblo judío, evocación de la gran liberación del pasado y promesa de la liberación futura; el sábado era símbolo de descanso final, el de la era mesiánica. En ese momento de la Pascua y del sábado, Cristo a proporcionado la liberación y el descanso mesiánico a todas las almas de la antigua economía.

De este modo Cristo dio cumplimiento, para ellas, a todas las promesas vinculadas a la Pascua y al día sábado. Una vez que terminaron esa Pascua y ese sábado, Cristo estableció, en virtud de su Resurrección corporal, una nueva Pascua y un nuevo Sábado para aquellos que viven en la tierra: fiesta de Pascua, domingo (día del Señor =Dominus), símbolo de la nueva era, de la liberación ya consumada y del descanso mesiánico, ya asegurado. Ahí se evidencia la última conexión entre la glorificación que sigue inmediatamente a la muerte, en una bajada a los infiernos que al mismo tiempo es una entrada en el cielo, y la glorificación corporal de Cristo.
P. Ignacio Garro, S.J.